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martes, 19 de octubre de 2010

Asesinado (cuento)

Se acercó sigiloso al baño, eran las 23 hs de una noche muy fría, esas mismas en las que el vapor que sale de la boca parece el humo posterior de la bocanada de fuego de un dragón. Antes de ingresar encendió un particulares 30, sus cigarrillos predilectos, el olor a pasto quemado ahuyentaba hasta a los mosquitos, arrojo la colilla a la tierra cubierta de canto rodado que rodeaba el sector de baños y con el taco de su borceguí izquierdo la piso como si fuese un gran insecto, una vez dentro examinó con mucha precisión el lugar, fue hasta la tercera puerta de los inodoros, contando desde la puerta de entrada, sabia que era el que siempre usaba como si fuese cabala, se detuvo de frente a la puerta, desde el otro lado una voz ronca le pregunto si necesitaba algo, no dio respuesta alguna.
-Discúlpeme, ¿se le perdió algo? – volvió a insistir la voz.
Metió la mano en el bolsillo derecho de su campera y empuñó su puñal corto, abrió la puerta que no poseía prestillo alguno y con la mano izquierda enmudeció e inmovilizo al hombre sentado en el inodoro mientras que con la otra le clavaba en la arteria principal del cuello el cuchillo hasta lo más profundo, para luego revolverlo un poco, el infeliz sujeto expulso gases y orín, luego lentamente fue cerrando los ojos que conservaban una expresión de total asombro y consternación con las dos pupilas totalmente dilatadas, a medida que su cuerpo se aflojaba y quedaba totalmente desparramado en el asiento negro. Retiró el cuchillo lo lavó y guardó. Salió del sitio, su tercer trabajo de ese mes estaba terminado, empacó sus cosas y se fue del lugar, detuvo un taxi y fue hacia la terminal, el crepúsculo iluminaba su cara de satisfacción por la tarea cumplida, sacó su boleto de vuelta a la capital, hizó un llamado confirmando el resultado positivo de la operación, le dieron las coordenadas del punto de reunión, no era otro que el bar del Polaquito.
Tomó asiento en el micro, a su lado se sentó una mujer de unos 28 años colorada como esos cielos del atardecer luego de un día de tormenta, el viaje seria largo, el coche llego a la ruta, se dispuso a leer la novela que tenia avanzada hasta por la mitad.
-Veo que le gustan las novelas policiales – Como forma de iniciar una conversación, aseveró la mujer.
-Me gusta lo hipócrita de estos textos y lo miserable que son sus personajes, por cierto, me llamo Augusto.
-Isabel, mucho gusto
Por la ventanilla solo se veía oscuridad y siluetas de árboles que formaban figuras inexplicables.
-¿Querés una caramelo?-Tuteo Isabel a el hombre, eso le daba a entender a este que le agradaba a la mujer.
-Depende del caramelo
-Media hora
-Dale, aunque no es cierto que duren ese tiempo.
No era posible que ese sujeto había terminado no hacía más de un par de horas algo tan horroroso.
Isabel le pregunto si volvía de vacaciones o de descanso ocasional, a lo que respondió que volvía de un viaje de negocios.
-¿Empresario? – Ella estaba interesada en saber de él – Mejor dicho ¿a que te dedicas?
-Adelanto cosas que de todos modos ocurrirán y a cambio de eso recibo un pago ¿no te parece tonto pagarle a alguien por algo que va a pasar y gratis? – Miró a la dama con gesto reflexivo.
-No lo sé a veces uno desea que las cosas pasen lo antes posible para ver como reacciona todo lo demás sujeto a eso.
El no había mentido y ella no preguntó más nada acerca de su trabajo, sabiendo que no recibiría otra cosa que lo que oyó.
-y... ¿vos? –siguiendo el hilo de conversación Augusto preguntó cerrando ya el libro, como señal de gran interés.
-¿yo? ¿A que me dedico?, soy profesora de inglés y estoy volviendo de mis vacaciones.
Siguió la charla hasta que el micro se detuvo en un parador para que los pasajeros pudiesen comer algo. Augusto bajó y encendió un cigarrillo, lejos del resto de la gente, era un hombre solitario, su trabajo lo llevaba a ser así, siempre de pocas palabras y misterioso; la dama se le acercó y le pidió fuego, cuando estaban en la mitad de sus tabacos les avisaron que debían entrar para cenar, apagaron la brasa incandescente y guardaron el lo que quedaba, ambos hicieron los mismo y se miraron con un gesto reconociendo una gran adicción.
Una vez dentro del lugar, les sugirieron que se sentasen donde quisiesen, el lugar era un gran salón con grandes mesas redondas como para seis personas, luz blanca (quizás demasiado). Augusto miraba el sitio y como le pasaba en cada lugar que iba no podía dejar de pensar en como sería hacer su trabajo allí y de esa forma buscaba un candidato y se proponía el juego macabro en su cabeza, mientras en esos pocos segundos el reflexionaba acerca del plan perfecto Isabel lo tomó del hombro.
-¿Te parece que nos sentemos allí?- señalo una mesa con un par de ancianas.
De pronto se habían convertido en dos viejos amigos compartiendo un viaje, esto no le simpatizó demasiado a Augusto, pero tampoco le molestaba.
-Mejor otra mesa – Augusto le dijo sin mirarla a la cara a Isabel y movió la cabeza recorriendo el lugar buscando.
-Lo que tienen de buenas personas las viejitas lo tienen de curiosas y comenzarán a preguntar ¿son novios? ¿marido y mujer? ¿están de vacaciones? Para luego llegar al: usted esta muy flaco o muy gordo, no debería fumar tanto, y demás interrogatorios odiosos. – Siguió justificando la negativa.
Lo que el no dijo en ese instante fue que una de esas mujeres era la que había seleccionado para su juego, ese era el verdadero motivo de su decisión, ya que no podría sentarse y mirar a la vieja a la cara sin pensar en como matarla sin que nadie se enterase.
Señaló una mesa con un hombre solo.
-Esa mesa es la ideal, hombre solo, sin familia ni nada. Solo hablará si le hablamos y no hará cuestionarios estúpidos, para que tampoco se los hagamos nosotros a él.
La mesa estaba a la derecha de donde estaban parados ellos.
-Realmente es una buena observación, no deja de ser amarga, pero acepto el cambio.
Una vez sentados, se les acercó la moza y les comentó cual era el menú, ambos eligieron lo mismo, milanesa con papas fritas y una coca cola, más coincidencias, pensaba él y más se interesaba en aquella mujer.
El hombre de la mesa como supuso Augusto no habló, hasta que Isabel le preguntó de donde venía y hacia donde iba (no lo podía evitar, era mujer) y la conversación giro entorno a esto, lo hermoso de los lugares y demás banalidades, ningún tema personal.
El tiempo de comida fue corto, tan solo una hora, la gente se fue amontonando en la puerta del parador, Augusto no se levantó hasta que esa multitud se fue reduciendo. Una vez dentro del micro se dispuso a dormir un poco, Isabel entendió esto y no quiso molestarlo, aun faltaban unas cuantas horas para llegar a la ciudad.
Fue una de las pocas veces en su vida que no tuvo pesadillas, simplemente soñó con su casa, con tomarse unos mates con una acompañante y charlar de las vulgaridades de siempre, una vida normal, la mujer, nunca supo si sería la pelirroja, su cara estaba difusa y su cabello diferente. Despertó una vez entrando a la metrópolis, exaltado, mirando extrañamente todo, no hay nada más horrendo que cuando uno esta seguro que se encuentra en el lugar de sus sueños y al abrir los ojos no entendemos como no es así, le dijo esto a la muchacha con un gran dejo de desilusión. Ella le dijo que siempre estamos donde no queremos o mejor dicho queremos estar donde no estamos.
En la terminal una vez que bajaron los bolsos, se despidieron, no sin antes cruzar teléfonos y direcciones.
Augusto llegó a su casa pasado el mediodía, ordenó un poco su ropa y escuchó mensajes en el contestador, todos eran la empresa telefónica haciendo promociones, comió algunas frutas y se recostó en su cama para continuar leyendo la novela, el cansancio del viaje hizo que se quedase dormido sin darse cuenta y sin que lo quisiese.
Lo despertó el ring del timbre, abrió la puerta y se encontró con el mensajero de Tío Alberto, su jefe (el sobrenombre se debía a que era el tema que más le gustaba de Joan Manuel Serrat y se la pasaba escuchándolo).
-¿Qué querés vos acá? – preguntó mientras se restregaba los ojos rojos.
-Me manda el Tío a buscarte porque se te hizo tarde, parece. Andá cambiate y salgamos ya, que estan por llegar todos al bar.
-¿Qué hora es? – Se dió vuelta a ver la hora en el reloj negro de madera colgado en la pared. -¡La puta che! salgamos rajando, no sabía que era tan tarde- Tomó su abrigo y salieron.
Por suerte tampoco vivía tan lejos del bar, es más ninguno vivía lejos del bar, como si ese punto hubiese sido inventado para eso o todos los contratados estaban cerca del lugar.
El bar era un lugar de mala muerte, un tugurio oscuro, donde al entrar lo primero que se veía era la barra y detrás El Polaquito, hacia la izquierda se encontraba una escalera que descendía hasta un garito donde se llegaba a apostar muy fuerte y donde cada dos por tres alguien salía herido (por sus adversarios, por el dueño del lugar o por la policía misma), también se encontraban alguna que otra dama prostituta.
Del otro lado unas cuantas mesas, más adelante el lugar se achicaba formando una suerte de pasillo ancho y en el fondo estaban las mesas del Tío.
El Polaquito: era un hombre maduro de unos 50 años alto rubio y de ojos muy claros, una cicatriz le recorría la mejilla izquierda y parte de su ojo, se la había hecho un mulo retobado que quiso quedarse con mercancía; el polaco manejaba la distribución de drogas de la zona y todo el mundo sabía que con él no se jugaba, este infeliz dealer no lo entendió y terminó como comida de sus propios perros.
La especial atención que recibía el Tío no era casual, a cambio de este lugar para reuniones y de la comida y los tragos gratis, le brindaba al Polaquito protección y de vez en cuando alguna que otra limpieza gratis.
Esa noche mientras el Tío pedía lo de siempre, cada uno de los profesionales contaba su trabajo: si había costado mucho o si fue una tarea sencilla y lo más importante de todo si tenían sospechas de algún testigo.
Llegó el turno de Augusto, recibió su paga, unos quince mil pesos, y comentó el asunto. Cuando estaba terminando su relato el jefe le preguntó.
-Y vos, ¿estas seguro que nadie te vió y que no hablaste con nadie?
-Si, como puede dudar de mi profesionalismo.- Con tono un poco irritado, mientras le daba un sorbo a su vaso de vino blanco.
-Vos sabes como es este trabajo, no se puede andar hablando por ahí, porque hasta las paredes escuchan.
Augusto lo miro con cierta desconfianza a sus palabras, con cierta intriga a que venía esa aclaración, pasaron la noche entre picadas y vinos, hasta el momento de la entrega de nuevos trabajos. Se entregaron todos menos el de Augusto, el Tío le dijo que le daba una semana para descansar, seguía sin entender nada.
Esa madrugada llegó a su casa y cuando estaba por borrar los mensajes del contestador vio que tenía uno nuevo, era Isabel, que le proponía ir al cine al día siguiente, que la llamara por la mañana par confirmar horario, lugar y película. Con una sonrisa entre dientes se acostó y durmió.
La mañana siguiente era gris, con nubes cromáticas de diferentes densidades, una llovizna hacia mas melancólico el día, pensó que no se concretaría la cita, pero igual llamo a Isabel. Eran las diez de la mañana, ella atendió, parecía medio dormida, charlaron un par de vulgaridades típicas de charlas telefónicas y coordinaron la hora, la sala de cine y la película, esta última seria una reposición re acondicionada de “León, el perfecto asesino” a ella le encantaba esa película y el no tuvo problemas, cualquier película hubiese sido lo mismo, solo quería salir con Isabel, sin darse cuenta se estaba enamorando.
En la sala, había alguien comiendo, una nueva modalidad clásica de las grandes cadenas, pero no era algo que a Augusto le gustara mucho, el olor a ravioles a los cuatro quesos no le simpatizaba, así fue como a los cinco minutos de publicidad, se arrimo al oído del gordo que estaba comiendo al lado de Isabel.
-Amigo mío porque no sale a comer y después ve la película o viceversa, es bastante asqueroso ver algo con ese olor dentro de la sala – Fue una amenaza amistosa podríamos decir.
-Mire, no soy su amigo, y yo pagué la entrada como usted y si aquí esta permitido comer no veo porque deba de dejar de hacerlo, tengo derecho. – mientras seguía llevándose el tenedor a la boca.
-No hagamos esto más grave. Tiene derecho, es cierto, pero ellos terminan donde empiezan los míos, y a mi me descompone que esté comiendo eso acá. – mientras decía esto se cambiaba de asiento con Isabel. – Se lo voy a hacer más sencillo y antes que empiece la película, si no quiere terminar con un enema de ravioles, le recomiendo que deje de comer- esto se lo dijo mientras le bajaba la mano que sostenía al tenedor desde la boca hacia el plato.
El hombre se levantó y salió, volvió sin el plato de ravioles y más tranquilo o mejor dicho asustado. Por suerte en la sala no había nadie más comiendo, no habia mucha mas gente.
Augusto empezó a pensar en por qué ver esa película y no otra, ya faltaba poco para que termine. La pelirroja lo tomaba de la mano y lloraba por lo bajo, escondiendo los ojos, él se sentía muy feliz de estar allí.
Al salir del cine fueron a cenar, la charla se tornaba cada vez mas personal, entre tomadas de mano, abrazos llegaron los besos, y de esta forma se entrelazaban sus almas. La acompaño en taxi hasta su casa, ella se despidió desde el umbral de su casa moviendo su mano cerrada de manera circular en su oreja, mañana te llamo le quiso decir o tal vez llamame mañana o simplemente hablamos por teléfono.
Pasaron dos días en los que Augusto no tuvo noticia alguna de Isabel, en los días siguientes trato de comunicarse con ella pero una voz digitalizada diciendo que en no se encontraba que dejase un mensaje lo atendía siempre, dejo mensajes, pero no hubo respuesta.
El lunes, lo mando a llamar El Tío, tenia que verlo para darle su nuevo trabajo, se runieron en el bar.
-Tomá, acá esta la información de tu objetivo a cumplir – le dijo mientras le pasaba una carpeta de cartón rojo ladrillo.
La abrió, era un sujeto común y corriente, se sabía que Augusto, no aceptaba trabajos que incluyeran niños ni mujeres embarazadas.
-¿Cuando hay que llevar a cabo esto? – le pregunto entrecerrando un ojo por el humo del cigarrillo que acababa de encender.
-Lo antes posible, como mucho una semana, si necesitas pensar la estrategia a seguir, ahí tenés todos sus movimientos.
-Bueno, le avisare en cuanto este resuelto.
Se estrecharon las manos y Augusto salió del bar, El Tío se quedó charlando con el polaquito y mirándolo como se alejaba.
Augusto tenia la cabeza en otro lado no podía pensar con claridad en el trabajo, le preocupaba que algo malo le hubiese pasado a Isabel.
A media tarde del martes la colorada lo llamó.
-Disculpa, que no te llame antes, que desapareció, pero tuve que ir a ver a una tía lejana que vive en el interior, está muy enferma.
-No disculpá mi atosigación telefónica y mi desesperación, pero pensé en lo peor, siempre tan drástico yo.- con tono de burlo hacia si mismo y media risa le contesto.
-Querés que salgamos a tomar algo – le propuso Isabel.
-Si, dale, ¿te paso a buscar? – Le pregunto con ese tono de arrebato infantil
-Yo conozco un bar, medio tugurio, si querés nos encontramos allá.
Le pasó la dirección, para asombro de Augusto era el bar de El Polaquito, entonces le propuso otro, ella acepto sin dudar.
Tomaron unos cafés y luego unas copas, ella le preguntó si quería pasar la noche en algún lugar, él pensaba que eso no estaba pasando que lo imaginaba, y volvió a reiterar la pregunta pero de forma inversa, es decir pregunto la pregunta, ella se lo confirmo, en el interior de Augusto se dibujaba una sonrisa y una satisfacción que nunca había sentido. Así fue como se encaminaron a la avenida y tomaron un taxi hasta algún hotel para pernoctar.
Al día siguiente, luego de una sesión de sexo, promesas y desayuno en la cama, Augusto la miró a los ojos.
-Te amo, ¿sabias? – con su cabeza apoyada en el vientre de Isabel mirándola por entre sus pechos.
-Lo presentí, desde la primera vez que nos vimos, pero ¿no te parece muy apresurado el amor?
Él se reincorpó y quedó sentado al costado de ella.
-Ya veo, vos no sentís lo mismo, siempre me pasó igual, en realidad siempre es solo dos veces en la vida.
-No no, no es eso, es que asusta un poco el te amo así, a mi realmente me gusta estar con vos.
A las once de la mañana del miércoles salían del hotel, ella debía ir a trabajar, así que se despidieron en la puerta misma del lugar.
Augusto, cada vez más tenía en su cabeza a Isabel y cada segundo que pasaba la amaba mas, no podía concentrarse en el trabajo.
Ese mismo día, luego de almorzar, se puso a pensar en su vida en general, tantos años abocados a ese trabajo, para qué, si lo que ganaba no había podido compartirlo con nadie, así fue como tomo la decisión de retirarse, esta vez no iba a dejar pasar la oportunidad, “el tren solo pasa una vez, dicen” pensó, “y yo tengo la suerte que ésta es la segunda vez que pasa, no lo voy a perder”. Tomó valor y decidió ir a hablar con el jefe, lo llamó por teléfono y acordó verse en el lugar de siempre.
Augusto llegó primero, le pidió al polaco una ginebra doble y se dirigió a la mesa de reunión.
-¿Ya hiciste el trabajo? – le preguntó El Tío mientras corría la silla y se acomodaba el traje para sentarse.
-No señor, no lo hice y no creo que lo vaya a hacer, vengo decirle que me retiro – con voz firme aseguró
-No, no creo que realmente quieras retirarte, por qué no te vas a casa y lo pensás bien, si querés te doy una semana más.
-Ya lo pensé y quiero hacer una vida normal, quiero tener una mujer, un hijo, poder gastar la plata que vengo juntando.
-Ese es el tema, una mujer, ya me parecía, no seas pelotudo, no dejes todo, pensá lo que perdés
-¿Que pierdo? , juntarme con un par de matones a tomar y ver como cada uno mato a alguien – ya en un tono impaciente y molesto.
-Cuidado con lo que decís, no vaya a ser que te arrepientas – tomando la pistola de su cintura
-Yo te quiero como un hijo, ¿cuanto hace que trabajas para mi?, ¿Cuánto hace que nos conocemos, quince años, diez?
-Quince diría yo, disculpe, pero ya no puedo seguir.
-Esta bien, no hay problema, solo por se vos voy a aceptarlo, dame la carpeta que se lo voy a dar al nuevo. Es un trabajo de un nivel mas alto, pero creo que esta capacitado. – Se levanto de la silla y le extendió los brazos Augusto hizo lo mismo, se abrazaron
-Cuidate mucho pibe – Le dijo al oído
-Usted también
Salio del bar y se sintió muy aliviado, como si alguien le hubiese quitado la gravedad a la tierra y pudiese flotar, no podía creer lo que acaba de hacer, ya vería donde conseguiría trabajo, eso no era importante ahora, tenia plata para poder vivir sin trabajar.
A la noche la llamo a Isabel y le contó de su renuncia, esta se alegro por el entusiasmo de él, te invito a cenar le dijo, la muchacha acepto. En la cena le propuso si quería irse a vivir con el, que en la casa había lugar y que seria una experiencia interesante, le pidió un día para pensarlo, el le paso la dirección.
Isabel estaba en la puerta de su casa el viernes a la mañana, le dejo unas maletas y se fue a trabajar.
Él arreglo el cuarto y vació unos cajones, cocino algo, ella trabajaba media mañana nada más.
Después de unos quince días de vivir juntos, una noche Isabel, se le acerco y le dijo.
-¿Sabés?, estoy empezando a sentir ese amor que me dijiste una vez
-Ves que no estaba loco- le dijo contento
-Si, por un lado es cierto, por otro se hace más difícil todo
-¿Por qué? ¿Qué se hace difícil?
Isabel sacó de su falda una pistola Glock igual a la que Augusto tenía y le apuntó.
-¡¡¡Pará!!! ¡¡¡pará!!! – augusto levantó las manos como tapando el disparo que se avecinaba.
-¿Por qué?, yo me pregunto por qué no hiciste ese trabajo, por qué no me pateaste a tiempo, por qué no me evitaste esto. Yo, soy la nueva, yo, soy la que tiene que hacer esto y el trabajo que dejaste.
-¿De qué hablas?
-No te hagás el tonto, realmente ¿crees que soy profesora de inglés? Manejando como manejo un arma, traté de darte indicios de que sabía a que te dedicabas, hasta te marqué el bar pero no, vos seguías y te enamorabas y para este trabajo no podemos tener familia y lo sabías.
-No es necesario esto, dejame que me vaya y listo, total ¿quién se entera?, nadie.
-Tengo que hacer el llamado y van a corroborar que sea así, y la puta, como me cuesta esto. Porque carajo te enamoraste, yo era solo un señuelo para ver si flaqueabas, porque tenían dudas y no se equivocaron. – Apuntó y disparó
-La puta que lo parió - Augusto cayó redondo al suelo.
Ella no pudo matarlo así que lo hirió y lo dejó en el hospital más próximo.
-Voy a tratar de hacerte desaparecer - fue lo último que le dijo.
Un mes más tarde Augusto me llamó, nos habíamos conocido por casualidad en una plaza, y le había comentado que era escritor, me dijo que estaba en un hospital que no podía confiar en nadie y que quería verme para contarme una historia que pensó podía ser importante.
Llegué al hospital, fui a la habitación, deje el impermeable doblado sobre la silla y me acerque con una silla hasta la cama.
-Siéntese Alberto, déjeme que le cuente esto, solo escriba dándole forma, preguntas y respuestas vendrán después.
Dejé que me cuente la historia, y así la escribí, cuando terminó le dije, no se preocupe por Isabel, está muerta, no me creyó, le dije que un trabajo sin terminar es muy peligroso y le dije acuérdese no hay que hablar con nadie, hasta las paredes escuchan, inyecte un poco de arsénico en la sonda y tape su boca, sus ojos desorbitados me miraban y giraban de forma desquiciada, con el trabajo hecho tomé mis notas, mi impermeable y salí del lugar.
Me pareció que la historia de Augusto era muy interesante como el creía, así que la complete con cosas que yo veía desde la mesa que yo tenía en lo oscuro del bar de El Polaquito, donde siempre formaba parte (a lo lejos) de las reuniones de El Tío, por cierto mi hermano y mano derecha.

GUANTES DE LANA
Gaston Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®

10 comentarios:

  1. Hola Guantes de Lana
    saludos a su novia (de la ex compañera de la feria del libro, Nati)

    (leo más adelante el cuento, ahora ando media apurada, sólo pasaba nomás)

    saludos también a usted

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  2. ¡Brillante! Es cinematográfico.
    Tiene mucho suspenso, y me remite a cuentos, novelas, películas, series...
    Impecable, amor.
    Me encantó, además, encontrar anécdotas y relatos que yo conozco.
    Cada vez más me gusta cómo escribís.
    Te amo:

    Ju

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  3. Natalia: le mando el saludo a mi novia,también sobreviviente a la feria del libro.

    Saludos y pase cuando quiera a leer.

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  4. Ju(amor): Me alegra mucho que te haya parecido brillante ya que el anterior (off the record) me dijiste que mucho no te agradaba el final, estoy pensando en cambiarlo para el libro.No sé cuales son las anécdotas y relatos que conocés. Y te generó lo de cinematográfico porque más o menos así fue planteado (y evidentemente funcionó).

    Te amo totales.

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  5. Señor,
    Muy bueno el cuento, tiene ese sentimiento de empatía con el asesino, no? como logramos compadecernos con gente que hubiésemos condenado. Por otro lado, te lleva... te invita a meterte en su vida, y seguirlo de cerca, con ganas de saber más.
    Muy bueno, nuevamente, y gracias por pasarse por el blog.
    Sds

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  6. Gi: Es verdad lo de la empatía con el asesino, es como que muestra un lado humano en donde no parece haberlo.

    Gracias por pasar y comentar.

    Abrazos totales.

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  7. Geor: se me pasó por la cabeza guionarlo, imaginando como quedaría como un corto.

    Abrazos totales amiguita.

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  8. ..comparto hay que guionarlo.

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  9. Srta G: Bueno veo que todos comparten lo del guión, a ver si alguien se copa y se arma un proyecto, faltaría un director que este interesado.

    SAludos totales srta G.

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