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jueves, 2 de septiembre de 2010

El día que el otro perdió



-Acérquese, tome asiento, ¿usted es escritor no? Bueno tengo algo para contarle que quizás le interese - De esta manera me recibió aquel viejo en el bar, allá en Flores, una tarde de llovizna y frío. Me acerqué y me senté, le pregunté como era que sabía que yo me dedicaba a las letras, no es importante eso, me respondió, escúcheme.

Sale apurado de su casa, debe llegar antes de la siete de la tarde a la estación, hora en la que parte el tren a Rosario, no lleva muchos bultos, los necesarios para pasar un fin de semana tranquilo. En el impermeable guardó el atado de particulares 30 y el documento con el número que lo acredita como persona física. A mitad de cuadra lo arremete esa duda, habrá apagado todas las luces, habrá cerrado el gas, volver y cerciorarse, sentirse un estúpido al ver que todo está en orden, no, mejor seguir adelante, si piensa en eso es porque es lo último que hizo antes de cruzar esa línea que divide la rutina del goce y el descanso.

Toma ubicación en el 152, Palermo ya no es como antes, está bien que no se llame mas Pacifico la estación del ferrocarril, se dice a si mismo mientras observa una larga caravana de automóviles. Ley 10.600 que ganas de prender un pucho, pero las ganas no son más que eso, una vieja le comienza a hablar sobre la tardanza del colectivo, él no aparta la mirada de la ventanilla, su mente ya está a la vera del río y a la voz de la mujer la transforma en sonidos de pájaros y peces que saltan, escúcheme jovencito, la escucho señora, y apoya su mentón sobre la palma de su mano que mira al cielo mientras descansa sobre su brazo estaqueado en su pierna. Que triste se ve Plaza Italia cuando el cielo está encapotado, tal vez la tristeza resida en el que observa y no en el lugar, piensa. El colectivo frena bruscamente y se le safa la mano que sostiene la cabeza, el chofer putea a un taxista que baja pasajeros, todo pasa como debe pasar, como debe ser, como es.

Libertador y Ramos Mejía, afila el paso porque el tiempo apremia, nada como viajar en tren para escribir, piensa y sonríe, pero, un hombre de barba y bigote muy prolijamente cortados (casi obsesivamente), pelo corto, traje negro, esbelto, lo increpa en la entrada de la estación.

-Discúlpeme, debemos hablar – le dice, apoyándole la mano en el pecho, Alberto sigue la mano flaca y levanta los ojos hasta la cara del sujeto.

-No tengo tiempo, mi tren está por salir.

-Vengo a negociar con usted, déjeme presentarme y contarle mi propuesta.

-Sé quien es y también sabía que en algún momento nos encontraríamos y pensé mucho en esto y no creo que tenga nada que pueda interesarme, lo siento – Esquivó el cuerpo que le obstruía el paso y con la cabeza gacha enfilo hacia la boletería.

El hombre de negro quedó anonadado viendo como se alejaba con una mirada tan llena de perplejidad. En la cola de la ventanilla número seis volvió a encarar a Aranguren.

-No sea tonto. Si sabe quien soy, escúcheme.

-Pero no es mala voluntad, es que pierdo el tren

-Tiene otro que sale a las 23 horas, dialoguemos, ambos podemos salir beneficiados, así como me conoce, debe conocer mi poder.

-Mmm…sí – sin mirarlo y contando el dinero para el pasaje, respondió dubitativo.

-No me gusta su tono, no me está tomando enserio –Le colocó la mano en el hombro y lo apretó como a un bollo de papel.

Los transeúntes, que se movían como hormigas cargando hojas un día de lluvia, miran sin mirar, sin involucrarse, el escritor vuelve sus ojos a los del hombre y siente una suerte de piedad ante la insistencia de aquel, A Rosario para las 23 hs, pide su boleto al cajero y se vuelve.

-Vamos a tomar un café, pero lo pago yo, hay un bar en la esquina –mientras caminan, saca del impermeable el paquete de cigarrillos, enciende uno y convida.

-No fumo, gracias, eso puede matarlo.

-Si no es esto, será otra cosa –le dice irónicamente.

Comienzan a caer las primeras gotas de la tormenta que se avecina, ingresan al bar y se ubican en una mesa junto a la ventana.

-Un café doble –dice Alberto al mozo y señala con el índice al hombre de traje, quien asienta con la cabeza como pidiendo lo mismo.

-No sé su nombre

-Sí, lo sabe

-Es verdad y a veces pienso que tiene un problema grave de personalidad. Al tener tantos, pero, quiero decir ¿Cómo se llama?

-Llámeme Jorge, con respecto a los nombres, me los han puesto; sólo uno es real o tal vez para cada persona que me llama o nombra haya sólo uno.

-Jorge es un buen nombre

El mozo dejó los cafés y la cuenta en un pinche plateado.

-Hablemos de negocios – Dice Jorge y con ambas manos plancha el mantel rojo bermellón.

-Cuénteme usted que es lo que quiere con tanto apuro, porque para hablar de negocios debe haber al menos dos personas interesadas, una que ofrece y otra que toma, y creo que no estoy dentro de ninguna de las dos.

-Mire vamos a hacerlo sencillo; ¿ve esa mujer en la esquina? – Señaló fuera del bar, por detrás de Aranguren.

-¿La prostituta dice?

-Sí, esa mujer vendería su alma por salir de la calle y tener todo lo que obtiene con esa forma de vida.

-Seguramente, no lo podría afirmar, la gente es rara.

-No trate de enredarme en palabras, la mayoría de la gente deja ver el precio del anima, pero… ustedes los artistas rompen esta regla.

-Sí, somos especiales – Sonrió, mientras daba un sorbo al café – Este café siempre fue buenísimo.

-No me interrumpa, lo vengo estudiando desde hace mucho tiempo y todavía no encuentro por donde entrarle y eso, le debo ser sincero, me molesta mucho y por otro lado me gusta esta complicación. Y puedo obtener cualquier alma, ese es mi poder.

-Ahí, justamente en eso dudo, pero le creo; ahora bien, usted no quiere cualquier alma, quiere la mía y poder lo que se dice poder no veo que tenga mucho, porque para conseguir a esta la tiene comprar o adquirir a través de un intercambio, en cambio La Muerte, esa sí que tiene poder, llega nos toca y se la lleva, lo mejor de todo es que sabe que las va a conseguir, que tiene al toro por las astas.

Jorge aprieta el mantel hundiendo los dedos en él.

-No se ponga tenso, le hará mal – socarronamente le advierte el escritor.

-Sigue tomando esto como un chiste, pero algo debe de anhelar.

-La verdad, hoy por hoy, no sé me ocurre nada.

El bar se puebla de sombras, de oscuridad, el hombre de traje sufre una transformación, su cuerpo crece en tamaño, sus facciones cambian, ahora mitad animal mitad hombre con una cola y pequeños cuernos, se levanta de la silla y se para junto a Aranguren, el aire se llena de olor a azufre mezclado con aroma a encierro, el tiempo se detiene y todo queda suspendido, todo menos el escritor y El Diablo, que con voz de ultratumba, ronca y dura le grita.

-Bueno señor, dejémonos de payasadas, yo puede hacer que esto dure una eternidad y que sufra en vida los que no sufrirá en muerte.

-Epa epa epa, amigo, de este modo no va a conseguir grandes cosas, tiene un problema de ego muy grande y sepa que la eternidad no es una medida de tiempo y creo que siempre sufrimos más en vida.

Mandinga baja la cabeza y la mueve de costado, todo vuelve a la normalidad.

-Cualquier otro se hubiese asustado y entregado el alma y todo lo que le pidiese.

-Ya le dije, no soy cualquier otro, a ver dígame que me ofrece.

Jorge apoya el maletín sobre la mesa cuan vendedor de seguros y le comienza a mostrar y decir las posibilidades.

-El amor de mil mujeres.

-Con el amor de una mujer me bastaría, pero no es posible, ella tiene su amor dedicado a otro hombre.

-Eso se soluciona, sólo tiene que pedírmelo.

-El amor forzado, porque sería eso, no me haría sentir ni bien ni cómodo, casi le diría que es otro sentimiento.

-Dinero, el que quiera.

-Más del que tengo sería un despropósito, tengo lo que necesito.

-Existo y fama como escritor, de esta forma obtendría todo lo otro por su propio mérito.

-No sería yo el que obtiene esas cosas; prefiero seguir escribiendo lo que siento, aunque nunca venda un libro a escribir cualquier porquería y se haga best séller.

-Si que es un hombre complicado.

-Complicado no, tengo principios y valores e ideales que por ahora son incambiables.

-Bah, ideales, principios, por favor, sabe a cuantos les compre su alma y decían tener esas cosas, si viera los políticos antes de ganar una elección, yo les doy triunfos.

-Lo lamento por ellos, por nosotros y por pobres y devaluadas almas.

-Voy a hacer una excepción, le ofrezco inmortalidad, yo arreglo todo con la otra parte.

-Es lo que menos me interesa de todo, ¿para qué?, para ver morir a mi alrededor a la gente querida y además ¿qué sentido tendría la vida?, no señor.

-La felicidad eterna, imaginese siempre feliz y sin depresiones.

-Ya me lo imagine muchas veces y pienso que no podría distinguir a la felicidad de otra cosa, si siempre estuviese feliz, no, creame prefiero mi infelicidad diaria.

-No puede ser, algo debe de haber.

-De hecho, ahora que lo menciona, algo hay y como sé como sigue esto, me propondrá un desafío, yo elijo cual, ¿le parece?

-Está bien, ¿naipes?, ¿payadas?

-No, no, - Abrió el bolso y de entre las ropas sacó un balero de madera muy antiguo.

-¿Qué es eso? –Preguntó intrigado Jorge.

_ ¿Esto?, esto es un balero, un juego común en las clases medias y bajas de Latinoamérica, simplemente la finalidad es meter la bocha, que tiene un agujero en la parte contraria donde está el hilo, en el palo que está en la otra punta del hilo.

Y le mostró, tomó la vara con la mano derecha, dejando la parte mas fina apuntando hacia la otra mano, tensó el hilo con la bocha, dejándola colgar y con un movimiento rápido de muñeca hizo volar la bocha, que dio medio giro en el aire y quedó incrustada en el palito que puso perpendicular al suelo mientras la pelota de madera se acercaba.

-No parece difícil –Dijo Jorge.

-No lo es, pero ahora viene la parte más interesante.

Y con la otra mano envolvió el hilo que colgaba muerto y flácido y con otro movimiento de muñeca hizo levantar la bocha apenas lo justo para que esta gire y vuelva a clavarse en la vara.

-Ahí se empieza a contar- Le dijo a Jorge – Cuando la bocha queda pendulando por haber pifiado la embocada, ahí termina y se contabiliza.

-Entiendo, me parece un buen desafío y ¿Qué pide si gana?

-¿usted tiene alma?

-Todos los seres tienen alma a su modo, digamos que tengo una especie de alma, ¿por?

-Eso quiero si gano, su alma y su voluntad

-Y si gano tengo su alma y su voluntad, ¿así de fácil?

-Sí, pero, sin trampas, nada de parar el tiempo y esas cosas raras.

-Bien, usted sí que es especial.

-Comience usted - Entregándole el artilugio, sostuvo Alberto – Pero quiero jugar contra usted, en su forma verdadera.

Otra vez la oscuridad ocupó el lugar de las luces y el Diablo tomó sus dimensiones originales. El balero casi se perdía en la mano. Atinó de primera, miró con sobra al escritor y comenzó a contar, ambos contaban. Aranguren le hablaba, le comentaba lo extraño que era desafiar a mandinga y poner las reglas, este último se molestaba y se ponía nervioso. Justo cuando estaba por hacer la emboquillada treinta y ocho Alberto dijo:

-Debe de ser feo ser el enviado de un Dios y terminar en el infierno y que ese Dios lo deje de lado a uno.

Pifio el tiro y la bocha quedó girando sobre si misma colgando en nada.

-No es justo – dijo Jorge

-¿usted me habla de justicia?, además todavía no perdió, yo solamente hice unos comentarios.

-Muy bien, a ver que hace usted

Alberto tomó el balero y comenzó, cada diez clavadas desenredaba el hilo que colgaba entre la bocha y el ahora mango, volvía a tirar. Pasaron las horas y Aranguren llevaba sesenta y dos. El Diablo posó su mano sobre el hombro y le dijo que aceptaba la derrota, que le paso por encapricharse por esa Alma en ese momento, Alberto dejó caer la bola.

-Los nervios son malos compañeros para este juego, cuando me dieron el balero, yo era chico, el viejo me dijo que había que poner el alma y no algo parecido en él, que como en cualquier otra cosa, cuando se pone el Alma se gana y se consigue lo que se busca, por eso no podía entregársela.

-Así fue señor, el día que perdí mi esencia, mi razón de existir, aprendí que no es bueno encapricharse, que siempre hay alguien dispuesto a vender su alma y a ese tipo tengo que buscar, pararon quince años de aquel día, hoy se vence el plazo que aquel generoso personaje acordó conmigo para devolverme mi yo, me dijo que no quería que yo dejara de ser, que si hay un Dios debe haber un Diablo, pero que aquello me sirviera de escarmiento. Bueno me voy, ¿no quiere que pase por usted después, para ofrecerle algo?

-Por ahora no, vaya tranquilo, yo pago los cafés.

El viejo se alejo, me quedé solo en el bar, un frío recorrió mi espalda y comencé a escribir, había una nota en una servilleta que decía “si cambia de parecer, estaré observándolo” por el momento no cambié de parecer, y prefiero seguir teniendo mi alma para ponerla en juego todo el tiempo.


Gaston Pigliapochi
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5 comentarios:

  1. Brillante.

    "...le ofrezco inmortalidad, yo arreglo todo con la otra parte."

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  2. Diego: Muchísimas gracias por su comentario amigo.

    Saludos nos estamos leyendo.

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  3. Gracias por haber pasado por la lectora en la ciudad. ¡Saludos!

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  4. "sentirse un estúpido al ver que todo está en orden" genial, genial!

    "tal vez la tristeza resida en el que observa y no en el lugar" tan preciso que duele

    abrazo de palabras!

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  5. Matías: Muchísimas gracias por tu visita y tu comentario, me alegra mucho que te haya gustado.
    Abrazo totales de palabras.

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