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viernes, 10 de agosto de 2007

LA DESCOMPOSICION DEL BAR

En este bar descompuesto por tanta hipocresía intente hilar palabras y someterlas a la prisión de papel, con la idea de escribir algún nuevo cuento, a veces las cosas no son como uno quiere o espera, mi mente no podía desarrollar una idea, el murmullo del lugar me distrajo y pude ver la enfermedad que rodeaba e infectaba al pobre bar.

En una mesa una joven mujer entre sollozos, esquivaba la mirada de su pareja, al que yo solo podía ver su nuca, él la tomaba de la mano pero ella evadía la de él y limpiaba sus lagrimas, supuse un amante, un amor que se cortaba, en que la dama era la que daba el cierre y sus lagrimas eran por el dolor del otro, hipócrita pensé, como si realmente importara el dolor de ese pobre diablo.

Bajé la vista a mi papel que solo tenia una fecha, la de ese día en que intentaba crear algo, un mozo pasaba despotricando contra el mundo, siempre entre dientes y con una sonrisa para poder ganarse la propina del pelado que estaba sentado en diagonal mío, y con agilidad esquivaba las mesas y a la gente que entraba y salía de ese sitio tan inundado de mentiras.

Yo absorbía mi café (por cierto muy buen café) sin sacar la mirada de los clientes, y me dije ¿por qué nadie dice lo que siente?, evidentemente esto salio de mi boca (cosa común en mi, decir lo que pienso). Lo pude percibir por la anciana sentada a mi derecha, pintada como un fantoche, que me miraba frunciendo el seño y dando una panorámica de arriba hacia abajo; la mire, le incline la cabeza y le sonreí, esto la hizo volver a sus menesteres y rápidamente tuve una respuesta a mi pregunta, decir lo que se siente tiene su precio, y este es muy alto en general. Uno dice lo que siente y puede ser tratado de loco o simplemente puede desengañarse al siguiente instante en que su sentimiento salió de su boca, cuantas veces hemos dicho cosas y se levantó una pared delante nuestro.

Mire mi reloj, todavía con su vidrio roto desde hace tantos años, la manecilla pequeña giraba mientras me miraba como la anciana, juzgándome por lo que decía o tal vez por lo que pensaba, le incline la cabeza y le sonreí. Una niña entró vendiendo flores, el hombre que estaba con la mujer que lloraba le compra una rosa, como si eso solucionara el mundo, el mundo cruel y frió de la niña y su mundo que se rompía en mil pedazos, hipócrita al no aceptar las cosas y sabiendo que eso no soluciona nada comprar la flor.

Mi reflejo en el agua llenaba el pequeño vasito, cuadrado en su base, ese que sirve para enjuagarse la boca y poder saborear el café. En ese reflejo ví mi propia hipocresía, yo no soy una persona hipócrita por lo general, pero hay momentos en los que esta me gana, y ese era uno de esos momentos, me alimentaba ese dolor ajeno, ese ajetreo de personas que no se decían lo que sentían y me sentí feliz de no estar en el lugar de ningún otro, tuve ganas de gritarles hipócritas pequeños seres infelices, pero no lo hice, en lugar de eso vomite estas palabras y escribí este texto, ahora que lo termino realmente no me siento tan distintos a estos espectros que descomponen al pobre bar, que en sus paredes tiene escritos, mejor dicho tallados, juramentos de amor eterno y nombres de personas que nunca sabré si existieron.

Gaston Pigliapochi

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2 comentarios:

  1. Muy lindo texto. Creo que, siempre que la situación lo permita, hay que decir lo que uno siente. Si del otro lado se levanta una pared es mejor que se levante y no vivir engañados. Lo principal siempre es actuar en congruencia con nuestros sentimientos, decir lo que nos pasa a nivel somático y no actuar racionalmente o estratégicamente, ¿por qué? porque en algún momento siempre la máscara se cae.
    Un beso

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  2. A la espera de nuevos textos...
    besotes!

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