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martes, 7 de septiembre de 2010

¿Qué es lo que guarda una voz?

(Este texto tal vez sea reescrito o agrandado. Hecha esta aclaración aquí va:)

¿Qué es lo que guarda una voz? Escribo esta línea y trato de dilucidar la respuesta...
No guarda ganas de, no, nada de eso; no guarda extrañar, tampoco guarda ex compañía. Creo y no más que esto una creencia; guarda nuestra vivencia. Esa voz que un día aparece tras un tubo telefónico desenvuelve el secreto de nuestra vivencia, recuerdos olvidados aparecen de golpe como una nostalgia, pero recuerdos no con el propietario de esa voz sino personales que van desde el punto final hasta la fecha. Así aparecen otras manos, otras caras, otros ojos, otras miradas y otras voces que como la primera son olvidos. Y esto lleva indefectiblemente a hoy, a vos, a tus manos, tu cara, tus ojos, tu mirada, tu voz. Tu voz real, no imaginada o reinventada, tu voz con aliento palpable y hace que todo el momento de melancolía por el paso del tiempo valga la pena, ser hoy más yo que nunca y ver un verde jade que acompaña a la voz y un corazón que late mientras se dibujan palabras en el aire.
Al terminar de escribir lo anterior encuentro lo que para mí sería una respuesta, una voz guarda lo que representa en el último momento que paso y también guarda el secreto del amor cuando es la de la persona que representa el momento actual.

Gaston Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®

jueves, 2 de septiembre de 2010

El día que el otro perdió



-Acérquese, tome asiento, ¿usted es escritor no? Bueno tengo algo para contarle que quizás le interese - De esta manera me recibió aquel viejo en el bar, allá en Flores, una tarde de llovizna y frío. Me acerqué y me senté, le pregunté como era que sabía que yo me dedicaba a las letras, no es importante eso, me respondió, escúcheme.

Sale apurado de su casa, debe llegar antes de la siete de la tarde a la estación, hora en la que parte el tren a Rosario, no lleva muchos bultos, los necesarios para pasar un fin de semana tranquilo. En el impermeable guardó el atado de particulares 30 y el documento con el número que lo acredita como persona física. A mitad de cuadra lo arremete esa duda, habrá apagado todas las luces, habrá cerrado el gas, volver y cerciorarse, sentirse un estúpido al ver que todo está en orden, no, mejor seguir adelante, si piensa en eso es porque es lo último que hizo antes de cruzar esa línea que divide la rutina del goce y el descanso.

Toma ubicación en el 152, Palermo ya no es como antes, está bien que no se llame mas Pacifico la estación del ferrocarril, se dice a si mismo mientras observa una larga caravana de automóviles. Ley 10.600 que ganas de prender un pucho, pero las ganas no son más que eso, una vieja le comienza a hablar sobre la tardanza del colectivo, él no aparta la mirada de la ventanilla, su mente ya está a la vera del río y a la voz de la mujer la transforma en sonidos de pájaros y peces que saltan, escúcheme jovencito, la escucho señora, y apoya su mentón sobre la palma de su mano que mira al cielo mientras descansa sobre su brazo estaqueado en su pierna. Que triste se ve Plaza Italia cuando el cielo está encapotado, tal vez la tristeza resida en el que observa y no en el lugar, piensa. El colectivo frena bruscamente y se le safa la mano que sostiene la cabeza, el chofer putea a un taxista que baja pasajeros, todo pasa como debe pasar, como debe ser, como es.

Libertador y Ramos Mejía, afila el paso porque el tiempo apremia, nada como viajar en tren para escribir, piensa y sonríe, pero, un hombre de barba y bigote muy prolijamente cortados (casi obsesivamente), pelo corto, traje negro, esbelto, lo increpa en la entrada de la estación.

-Discúlpeme, debemos hablar – le dice, apoyándole la mano en el pecho, Alberto sigue la mano flaca y levanta los ojos hasta la cara del sujeto.

-No tengo tiempo, mi tren está por salir.

-Vengo a negociar con usted, déjeme presentarme y contarle mi propuesta.

-Sé quien es y también sabía que en algún momento nos encontraríamos y pensé mucho en esto y no creo que tenga nada que pueda interesarme, lo siento – Esquivó el cuerpo que le obstruía el paso y con la cabeza gacha enfilo hacia la boletería.

El hombre de negro quedó anonadado viendo como se alejaba con una mirada tan llena de perplejidad. En la cola de la ventanilla número seis volvió a encarar a Aranguren.

-No sea tonto. Si sabe quien soy, escúcheme.

-Pero no es mala voluntad, es que pierdo el tren

-Tiene otro que sale a las 23 horas, dialoguemos, ambos podemos salir beneficiados, así como me conoce, debe conocer mi poder.

-Mmm…sí – sin mirarlo y contando el dinero para el pasaje, respondió dubitativo.

-No me gusta su tono, no me está tomando enserio –Le colocó la mano en el hombro y lo apretó como a un bollo de papel.

Los transeúntes, que se movían como hormigas cargando hojas un día de lluvia, miran sin mirar, sin involucrarse, el escritor vuelve sus ojos a los del hombre y siente una suerte de piedad ante la insistencia de aquel, A Rosario para las 23 hs, pide su boleto al cajero y se vuelve.

-Vamos a tomar un café, pero lo pago yo, hay un bar en la esquina –mientras caminan, saca del impermeable el paquete de cigarrillos, enciende uno y convida.

-No fumo, gracias, eso puede matarlo.

-Si no es esto, será otra cosa –le dice irónicamente.

Comienzan a caer las primeras gotas de la tormenta que se avecina, ingresan al bar y se ubican en una mesa junto a la ventana.

-Un café doble –dice Alberto al mozo y señala con el índice al hombre de traje, quien asienta con la cabeza como pidiendo lo mismo.

-No sé su nombre

-Sí, lo sabe

-Es verdad y a veces pienso que tiene un problema grave de personalidad. Al tener tantos, pero, quiero decir ¿Cómo se llama?

-Llámeme Jorge, con respecto a los nombres, me los han puesto; sólo uno es real o tal vez para cada persona que me llama o nombra haya sólo uno.

-Jorge es un buen nombre

El mozo dejó los cafés y la cuenta en un pinche plateado.

-Hablemos de negocios – Dice Jorge y con ambas manos plancha el mantel rojo bermellón.

-Cuénteme usted que es lo que quiere con tanto apuro, porque para hablar de negocios debe haber al menos dos personas interesadas, una que ofrece y otra que toma, y creo que no estoy dentro de ninguna de las dos.

-Mire vamos a hacerlo sencillo; ¿ve esa mujer en la esquina? – Señaló fuera del bar, por detrás de Aranguren.

-¿La prostituta dice?

-Sí, esa mujer vendería su alma por salir de la calle y tener todo lo que obtiene con esa forma de vida.

-Seguramente, no lo podría afirmar, la gente es rara.

-No trate de enredarme en palabras, la mayoría de la gente deja ver el precio del anima, pero… ustedes los artistas rompen esta regla.

-Sí, somos especiales – Sonrió, mientras daba un sorbo al café – Este café siempre fue buenísimo.

-No me interrumpa, lo vengo estudiando desde hace mucho tiempo y todavía no encuentro por donde entrarle y eso, le debo ser sincero, me molesta mucho y por otro lado me gusta esta complicación. Y puedo obtener cualquier alma, ese es mi poder.

-Ahí, justamente en eso dudo, pero le creo; ahora bien, usted no quiere cualquier alma, quiere la mía y poder lo que se dice poder no veo que tenga mucho, porque para conseguir a esta la tiene comprar o adquirir a través de un intercambio, en cambio La Muerte, esa sí que tiene poder, llega nos toca y se la lleva, lo mejor de todo es que sabe que las va a conseguir, que tiene al toro por las astas.

Jorge aprieta el mantel hundiendo los dedos en él.

-No se ponga tenso, le hará mal – socarronamente le advierte el escritor.

-Sigue tomando esto como un chiste, pero algo debe de anhelar.

-La verdad, hoy por hoy, no sé me ocurre nada.

El bar se puebla de sombras, de oscuridad, el hombre de traje sufre una transformación, su cuerpo crece en tamaño, sus facciones cambian, ahora mitad animal mitad hombre con una cola y pequeños cuernos, se levanta de la silla y se para junto a Aranguren, el aire se llena de olor a azufre mezclado con aroma a encierro, el tiempo se detiene y todo queda suspendido, todo menos el escritor y El Diablo, que con voz de ultratumba, ronca y dura le grita.

-Bueno señor, dejémonos de payasadas, yo puede hacer que esto dure una eternidad y que sufra en vida los que no sufrirá en muerte.

-Epa epa epa, amigo, de este modo no va a conseguir grandes cosas, tiene un problema de ego muy grande y sepa que la eternidad no es una medida de tiempo y creo que siempre sufrimos más en vida.

Mandinga baja la cabeza y la mueve de costado, todo vuelve a la normalidad.

-Cualquier otro se hubiese asustado y entregado el alma y todo lo que le pidiese.

-Ya le dije, no soy cualquier otro, a ver dígame que me ofrece.

Jorge apoya el maletín sobre la mesa cuan vendedor de seguros y le comienza a mostrar y decir las posibilidades.

-El amor de mil mujeres.

-Con el amor de una mujer me bastaría, pero no es posible, ella tiene su amor dedicado a otro hombre.

-Eso se soluciona, sólo tiene que pedírmelo.

-El amor forzado, porque sería eso, no me haría sentir ni bien ni cómodo, casi le diría que es otro sentimiento.

-Dinero, el que quiera.

-Más del que tengo sería un despropósito, tengo lo que necesito.

-Existo y fama como escritor, de esta forma obtendría todo lo otro por su propio mérito.

-No sería yo el que obtiene esas cosas; prefiero seguir escribiendo lo que siento, aunque nunca venda un libro a escribir cualquier porquería y se haga best séller.

-Si que es un hombre complicado.

-Complicado no, tengo principios y valores e ideales que por ahora son incambiables.

-Bah, ideales, principios, por favor, sabe a cuantos les compre su alma y decían tener esas cosas, si viera los políticos antes de ganar una elección, yo les doy triunfos.

-Lo lamento por ellos, por nosotros y por pobres y devaluadas almas.

-Voy a hacer una excepción, le ofrezco inmortalidad, yo arreglo todo con la otra parte.

-Es lo que menos me interesa de todo, ¿para qué?, para ver morir a mi alrededor a la gente querida y además ¿qué sentido tendría la vida?, no señor.

-La felicidad eterna, imaginese siempre feliz y sin depresiones.

-Ya me lo imagine muchas veces y pienso que no podría distinguir a la felicidad de otra cosa, si siempre estuviese feliz, no, creame prefiero mi infelicidad diaria.

-No puede ser, algo debe de haber.

-De hecho, ahora que lo menciona, algo hay y como sé como sigue esto, me propondrá un desafío, yo elijo cual, ¿le parece?

-Está bien, ¿naipes?, ¿payadas?

-No, no, - Abrió el bolso y de entre las ropas sacó un balero de madera muy antiguo.

-¿Qué es eso? –Preguntó intrigado Jorge.

_ ¿Esto?, esto es un balero, un juego común en las clases medias y bajas de Latinoamérica, simplemente la finalidad es meter la bocha, que tiene un agujero en la parte contraria donde está el hilo, en el palo que está en la otra punta del hilo.

Y le mostró, tomó la vara con la mano derecha, dejando la parte mas fina apuntando hacia la otra mano, tensó el hilo con la bocha, dejándola colgar y con un movimiento rápido de muñeca hizo volar la bocha, que dio medio giro en el aire y quedó incrustada en el palito que puso perpendicular al suelo mientras la pelota de madera se acercaba.

-No parece difícil –Dijo Jorge.

-No lo es, pero ahora viene la parte más interesante.

Y con la otra mano envolvió el hilo que colgaba muerto y flácido y con otro movimiento de muñeca hizo levantar la bocha apenas lo justo para que esta gire y vuelva a clavarse en la vara.

-Ahí se empieza a contar- Le dijo a Jorge – Cuando la bocha queda pendulando por haber pifiado la embocada, ahí termina y se contabiliza.

-Entiendo, me parece un buen desafío y ¿Qué pide si gana?

-¿usted tiene alma?

-Todos los seres tienen alma a su modo, digamos que tengo una especie de alma, ¿por?

-Eso quiero si gano, su alma y su voluntad

-Y si gano tengo su alma y su voluntad, ¿así de fácil?

-Sí, pero, sin trampas, nada de parar el tiempo y esas cosas raras.

-Bien, usted sí que es especial.

-Comience usted - Entregándole el artilugio, sostuvo Alberto – Pero quiero jugar contra usted, en su forma verdadera.

Otra vez la oscuridad ocupó el lugar de las luces y el Diablo tomó sus dimensiones originales. El balero casi se perdía en la mano. Atinó de primera, miró con sobra al escritor y comenzó a contar, ambos contaban. Aranguren le hablaba, le comentaba lo extraño que era desafiar a mandinga y poner las reglas, este último se molestaba y se ponía nervioso. Justo cuando estaba por hacer la emboquillada treinta y ocho Alberto dijo:

-Debe de ser feo ser el enviado de un Dios y terminar en el infierno y que ese Dios lo deje de lado a uno.

Pifio el tiro y la bocha quedó girando sobre si misma colgando en nada.

-No es justo – dijo Jorge

-¿usted me habla de justicia?, además todavía no perdió, yo solamente hice unos comentarios.

-Muy bien, a ver que hace usted

Alberto tomó el balero y comenzó, cada diez clavadas desenredaba el hilo que colgaba entre la bocha y el ahora mango, volvía a tirar. Pasaron las horas y Aranguren llevaba sesenta y dos. El Diablo posó su mano sobre el hombro y le dijo que aceptaba la derrota, que le paso por encapricharse por esa Alma en ese momento, Alberto dejó caer la bola.

-Los nervios son malos compañeros para este juego, cuando me dieron el balero, yo era chico, el viejo me dijo que había que poner el alma y no algo parecido en él, que como en cualquier otra cosa, cuando se pone el Alma se gana y se consigue lo que se busca, por eso no podía entregársela.

-Así fue señor, el día que perdí mi esencia, mi razón de existir, aprendí que no es bueno encapricharse, que siempre hay alguien dispuesto a vender su alma y a ese tipo tengo que buscar, pararon quince años de aquel día, hoy se vence el plazo que aquel generoso personaje acordó conmigo para devolverme mi yo, me dijo que no quería que yo dejara de ser, que si hay un Dios debe haber un Diablo, pero que aquello me sirviera de escarmiento. Bueno me voy, ¿no quiere que pase por usted después, para ofrecerle algo?

-Por ahora no, vaya tranquilo, yo pago los cafés.

El viejo se alejo, me quedé solo en el bar, un frío recorrió mi espalda y comencé a escribir, había una nota en una servilleta que decía “si cambia de parecer, estaré observándolo” por el momento no cambié de parecer, y prefiero seguir teniendo mi alma para ponerla en juego todo el tiempo.


Gaston Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®

sábado, 7 de agosto de 2010

Todo puede ser una historia para contar.



Los hombres se acercan a la mujer, uno le dice algo al oído, ella mira su reloj.
- Tienen que ir al pueblo, hasta lo de Sancho, es el único lugar donde conseguir a esta hora.
- Bien, cobre estas cosas - el más bajo de los dos señana los viveres sobre el mostrador.
Salieron de la despensa, el sol del mediodía golpeaba fuerte; cruzaron sus miradas y asintieron ambos con la cabeza, no hubo palabra alguna. Miraron el camino de tierra anaranjada, este se perdía en un punto que lo convertía en infinito, se volvieron a mirar y avanzaron.
No había ni un alma, sólo polvo y piedras, a las que pateaban cual pelota de fútbol. Llegaron, luego de veinte minutos de caminata, a lo que sería la entrada al pueblo; un boulevard de pastos secos y postes de iluminación, la tierra daba lugar al asfalto, locales cerrados y algunos abandonados.
- Pueblo fantasma - dijo en voz alta el petiso.
- Es como si una guerra hubiese pasado por aquí y estos son los restos, parece Kabul - respondió el otro, mirando con los ojos entrecerrados, cabeza inclinada y una ceja levantada - Acá no creo que encontremos nada.
Pasaron frente a una heladería, tres personas sentadas en un banco -cucurucho en mano- los escrutaban fijamente y seguían sus pasos.
Todo era cada vez más extraño, al pasar un cartel de bienvenida el panorama cambia, hay más gente , más autos, en el río circulan lanchas y hay chicos nadando. Se sienten reconfortados al ver movimiento, en una esquina encuentran el negocio que buscaban, pequeño de paredes blancas y sobre la puerta y la vitrina en un descolorido rojo se lee "Sancho Panza".
- Es ahí - Señala el alto - Parece cerrado.
- Hay alguién adentro, está abierto.
Cruzaron la calle, y cuando uno estaba a punto de manotear el picaporte el otro lo tomó del hombro.
- ¿Estás Seguro?
- Claro que sí, estamos en el punto sin retorno, es mucho más facil abrir la puerta que volver.
El chillido de las bisagras despertó a la mujer que atendía, les dá los buenos días, ambos responden al unísono; la tienda es polirubro, hay kiosco, almacen, articulos de pesca y demas chucherias.
- ¿En qué puedo ayudarlos? ¿qué necesitan?
El más alto avanzó un paso y quedó frente al mostrador de madera blanca, se rasca la oreja derecha y chasquea la lengua, como buscando la frase en interrogativo, suspiró y la soltó.
- No, no me queda nada, bah sólo pasta - La mujer acodada en la tabla fruncio el seño.
Se miraron y se dijeron que no con la cabeza. El petiso de espaldas a ellos, miraba unas revistas y preguntó
- ¿No sabe donde podemos conseguir?
- Sí, son unas cuantas cuadras; por esta calle derecho - Y señaló con la mano en sentido como ellos venían caminando - van a llegar a prefectura, en la calle de la esquina doblan a la izquiera y por esa van a dar con una plaza, frente a ella hay un centro evangelista, en la casa pegada al centro pregunten por "El Tucumano".
Agradecen y se van sin comprar nada, ingresan al almacen vecino y compran una gaseosa dietetica, mandaria y naranja. Preguntan al hombre detras de la caja lo mismo que a la mujer, este responde lo mismo que ella.
- Vayan hasta prefectura y doblen a la izquierda... - la explicación llevaba al mismo lugar, pero con una sola diferencia - Pregunten por "Guillermo".
Afuera abren la botella y beben del pico mismo.
- Está fría, que bueno
- Como te renueva esto, este calor de mierda es insoportable.
Enero es un mes caluroso en el litoral, agobiante a esas horas para el que no está acostumbrado, recuerdo que cuando yo caminaba por esas calles terrosas sentía que estaba en el mismisimo infierno, al sentir el aire calido como si un vapor saliera de los poros del suelo, pero ese calvario siempre se compensa con el hermoso entorno, verde selvático y de tonos rojizos en la tierra; uno se siente al mismo tiempo en el infierno y en el paraiso, pensandolo bien, uno está al mismo tiempo en el infierno y en el paraiso, pero volvamos a la historia.
- Pero está demasiado fría, no se le siente el sabor ni a mandarina ni a naranja.
- ¿Viste? pasa eso, el frío extremo anula los sentidos, igual a mi después del trago, me deja un nose que de mandarina.
- A ver, sí sí, es cierto, muy suave; no nos podemos quejar - Sonríen
Se paran junto al edificio de prefectura y miran de reojo el camino pedregoso; una vieja en la vereda del frente, que toma mate bajo unos arboles a la vera del río junto a otros ancianos, les pregunta si la buscan a ella.
- No tiene cara de "Tucumano" - Dice uno con risa irónica.
- Ni de "Guillermo" - Le contesta el otro.
- Salvo que... - Echan a reir a carcajadas y se dan cuenta que están parado en la puerta de una casa hotel.
- No señora - La misma vuelve a lo suyo sin preguntar nada más. Mejor, sino cómo explicarle.
Hacen coraje y toman el camino, hay charcos de agua oscura, una carniceria cerrada y luego tan sólo descampado. Llegan a la esquina de la plaza; hay un hombre con una remera de futbol, color azul con un ocho, está sentado en un banco de espaldas a ellos. Las casas son más rudimentarias, madera y chapa; se convencen que tampoco es el hombre que ellos buscan. Frente a la placita está el centro evangélico que les habían indicado; es una construcción pequeña, de material desentonando con el chaperio, de color celeste grisaceo, agarran por esa cuadra y preguntan nuevamente en un aserradero, el trabajador se quita las orejeras y les dice que sí, que Guillermo está en la casa pegada al centro, la que está construida en la altura. Se vuelven a la esquina y se paran delante de la direccion sin número.
- Volvamos, me quiero ir a casa - Dice nervioso el más petiso.
- No, ya estamos acá
- Quiero llorar - Sonríe.
Tocan el timbre de estas zonas, palmea el más alto, aparece un niñito y una nena vestida como en una pelicual de Fellini con ropas que parecen de adulto; el chiquito les pregunta qué buscan.
- Estamos buscando a "El Tucumano" o "Guillermo"...
No terminaban de decir esto cuando apareció un adolescente.
- ¿Cuánto quieren?
- Eh, mmm, nosé
- ¿Una porcion, dos?
- Y llevemos dos ¿no? - El petiso con temblor en el habla le sugiere al otro.
- Bueno, dame dos, gracias.
Pagan lo acordado y retoman la caminata cansados, pero contentos por haber conseguido lo que buscaban, en el tramo final antes de llegar al camping, ven el sol cayendo tras los arboles, el cielo de tonos sepia es una postal perfecta.
Por la noche comen algo, se arriman al río y arman las cañas, sacan lo que compraron, las dos porciones, lombrices de tierra, toman una la cortan al medio y clavan cada mitad en cada anzuelo, se pegotean las manos, la nube de mosquitos los pican casi comiéndolos; luego de dos horas de no sacar nada guardan todo y tiran el resto de las lombrices a la tierra. Tanto camino, tantas vueltas para conseguirlas y al final para nada. Yo los mire fijamente y les dije "para nada no, aca hay una historia, siempre hay una historia, una aventura para contar".

Gaston Pigliapochi
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lunes, 28 de junio de 2010

Disertación Costumbrística



Costumbre: (Del lat. *cosuetumen, por consuetūdo, -ĭnis). 1. f. Hábito, modo habitual de obrar o proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos y que puede llegar a adquirir fuerza de precepto. 2. f. pl. Conjunto de cualidades o inclinaciones y usos que forman el carácter distintivo de una nación o persona.

Cuando surgió la idea de escribir acerca de La Costumbre, no sabía bien cómo encarar el tema. Me pareció interesante poner en el comienzo del texto dos de las acepciones que la Real Academia Española de letras tiene para esta palabra. Al empezar con esta disertación, recordé una frase típica de mi abuela (seguramente de la de más de uno) cuando algo no nos gustaba para comer: "ustedes están mal acostumbrados"; era cierto a medias, no es que estuviésemos mal acostrumbrados, sino que teníamos una costumbre diferente a la de ella. Ahora bien, es evidente que la costumbre tiene un factor netamente cultural, que depende de la época y da la situación del entorno. Sin ir más lejos, yo de chico tenía la costumbre de jugar a la pelota o a la paleta en la calle con mis amigos, hoy, veinte años después, no solo no juego en la calle, sino que me da miedo esta: me atormentan la cantidad de autos, los ruidos y la locura de la gente. También teníamos la costumbre de compartir, de reunirnos con los abuelos, primos, tíos; hoy parece que las reuniones no son tan importantes. La Era Moderna cambió nuestras costumbres, tal vez nunca fueron nuestras, sino de un sistema que las imponía silenciosamente y es este sistema el que hoy ha llegado a convertirnos en esclavos de eso que quiere llamar ‘costumbre’ y la ha completado con el consumo; la televisión nos aprisiona, los medios nos venden qué es de buena costumbre y qué no lo es, la familia fue suplantada por la individualidad de los hijos, los hijos son capaces de hacer lo que quieran y de no darle explicaciones a sus padres. Tenemos la costumbre de usar un teléfono encima todo el tiempo, para que (como si antes la gente se muriera) nos ubiquen o nos llamen para ofrecernos descuentos en las tarifas que las mismas empresas de celulares manejan. Recuerdo en este momento que tenía la inocente costumbre de sentarme en la vereda, con el sol de la primavera, a tomar una gaseosa o simplemente de mirar a la vecina (de la cual estaba profundamente enamorado) que hacía lo mismo, pero enfrentada a mí, separándonos solamente la calle. Con el tiempo tomé el hábito (primo hermano de la costumbre) de fumar, acá aparecen los medios nuevamente: nos vendieron durante años que los hombres y los ganadores conseguían las cosas por fumar un cigarrillo, lo que no nos contaron es que una vez que entrabamos en esa costumbre era muy difícil salir. Otra cosa que con el tiempo hice fue comenzar a trabajar: armé una rutina (hermana de la costumbre) entre el trabajo, el estudio, comer, dormir y con suerte, si quedaba algo de tiempo, alguna distracción. Esta rutina es la costumbre más grande que tenemos y la que conservaremos hasta el fin de nuestros días. Este párrafo, una vez releído, me lleva a la idea de que las costumbres de adultos son funcionales al capitalismo, ya que eliminan toda otra que poseíamos de niño. Nos acostumbramos, de esta manera, a trabajar y a estudiar, y a no tener tiempo para disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, creyendo que juntando para mañana podremos un día parar y sentarnos a gozar, pero la realidad es que cuando ese momento llega ya no tenemos la fuerza para gozar nada; nos acostumbramos a la gente en la calle y todos decimos ‘siempre hubo pobres’, pero la idea sería que no los haya más, supongo; también nos acostumbramos a los desamores, sabiendo que no nos morimos cuando nos dejan y volvemos a buscar un nuevo romance; nos acostumbramos a las pérdidas, a vivir con las ausencias, porque no olvidamos, sino que recordamos y llenamos los espacios vacios de aquellos seres que extrañamos con estos recuerdos. Hay una costumbre que, por los menos yo, espero no perder: la costumbre de emocionarme y asombrarme con los niños que tienen esa pureza en las respuestas y esa ausencia de hipocresía; con el amor que cada día hace que esa rutina descrita más arriba sea soportable; con la música que me apasiona y me transporta en mis momentos de goce; con los libros que tanto quiero que me llevan a intentar ser un buen escritor; con los amigos que me enseñan todo el tiempo que todo lo que hagamos no tiene sentido si no lo podemos compartir con esas personas que, particularmente, admiro en sus diferentes quehaceres. Por suerte, todavía tengo la costumbre de escribir lo que brota de mi pecho.

Gaston Pigliapochi
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sábado, 5 de junio de 2010

Dragones

Si volvieran los Dragones (Sabina-Paez, del disco Enemigos Íntimos)


Habitaban en lo alto de las colinas, en manadas, se alimentaban de frutos como las frutillas salvajes y la guindilla así como también de carne, carneros y cebúes. Elegían la altura para vivir, porque de esta manera podían arrojarse y planear, ya que sus vuelos no eran muy altos. Sus colores verde esmeralda en las escamas y anaranjado en el pecho los hacían vistosos en los zigzagueos que hacían en el aire. Se habló muchas veces de sus tamaños haciéndolos monstruosos, la realidad es que estos animales median dos metros de largo y de punta a punta de alas median tres metros, sus colas eran relativamente cortas. Debido al lugar donde vivían fueron perseguidos por el hombre en la edad media, ese lugar en las alturas era el ideal para asentar los centros de las comarcasm por su posición estratégica para la defensa ante los ataques de otros reinados.

En lo alto se podía ver, en las noches, los fulgores de las llamas y el humo expelidos por estas increibles criaturas. Tal vez también este haya sido uno de los motivos por los que el hombre los atacó, envidia quizás por tener eso tan preciado como el fuego, de manera natural.

Al comenzar la conquista de esas tierras altas, el hombre inventó historias sobre la cacería que hacían los dragones; que bajaban de lo alto en vuelos rasantes y se llevaban niños y animales; esto sirvió para que en el momento de ir en la búsqueda de los pobres animales, no solo fueran caballeros sino también cualquier persona que se alistara por miedo a que se coman a sus hijos. La Iglesia fue participe de esas matanzas debido a la promesas hechas por los reyes de tierras también en lo alto cerca de Dios, así fue como la lucha era bendecida por la acción divina. Los que participaban de las luchas se llevaban como trofeo cabezas, colas y garras de los dragones caídos.

Luego de varios años de luchas y de algunas conquistas, los reyes o mejor dicho sus asesores se dieron cuenta de que estas bestias infernales (así los habían bautizado los sacerdotes) podrían servir como esclavas, para carga y hasta para batallas. Comenzaron a cazarlas y ponerles grilletes, lograron domesticarlas. Los animales adultos eran utilizados para las guerras y las crías eran vendidas para servir en las casas de los nobles, también se cobraba un impuesto por tener un dragón, de esta forma para el reinado era un muy buen negocio. Se descubrió que los dragones entendían el lenguaje y que entre ellos también tenían una forma de comunicación. Se les prohibió el uso de fuego en las casas y así mismo el expeler humo, esto causaba mucho miedo a invitados; también les fue prohibido abrir las alas en lugares públicos y el levantar las escamas, se les obligó a caminar erguido.

Durante muchísimos años fueron utilizados para llevar cosas de una comarca a otra y a sobrevolar en las luchas y arrojar fuego, pero con el paso del tiempo las nuevas generaciones de dragones ya no sabían iniciar fuego, y les era normal su vida de esclavitud. Un dragón de los más viejos una noche soñó con sus antepasados, con el humo saliendo de sus bocas y sin quererlo inició un pequeño incendio que rápidamente apagó, comunicó esto a otros dragones.

Un plebeyo que habitaba en lo más alejado de la comarca que los alimentaba de tanto en tanto y los trataba con delicadeza, amigablemente, ayudó a los animales a recobrar sus instintos, su naturaleza. En poco tiempo los dragones andaban arrojando fuego y humo por los caminos. Esto a las autoridades les preocupó y los mando a encarcelar en calabozos subterráneos, pero los dueños de estos se quejaban por el pago de impuestos por un dragón encarcelado. El joven plebeyo se acerco hasta el reino montado en un dragón y le gritó al rey que él sabía cómo ayudar, el rey lo escucho y a la noche emitió un edicto por el cual los dragones podrían usar su fuego y humo en sus casas, pero no en las calles ni en los centros urbanos, si esto pasaba irían presos nuevamente.

De esta manera los dragones recuperaron algo de sus instintos y los hombres al ver que los dragones entendían el mandato y que tratándolos bien eran amigables, comenzaron a convivir de manera más humanas y de esta forma pudieron disfrutar de sus colores y de los malabares con el fuego. Lamentablemente esto fue tarde los dragones al haber estado tanto tiempo presionados para no expeler fuego y estas últimas generaciones traían un problema genético y comenzaron a morir, el hombre lamentó no haber intentado convivir antes con ellos y haberles permitido con anterioridad el crear humo y fuego. Lamentaron no poder volver a ver esos vuelos y esos colores hermosos que hacían figuras verdes y anaranjadas en el cielo y los fulgores de las llamas de vida que los dragones hacían en las noches.

Gaston Pigliapochi
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sábado, 3 de abril de 2010

Insistencia

18/7/2000

Me encuentro sentado en este bar,
esperando tu llegada y tu partida puntual.
El cafe se te enfrió,
el cuarto mio se cansó.
El cenicero se lleno de impaciencia,
sin razón.
El teléfono sobre la mesa,
se durmió.
Pensar que eran las diez
cuando llegué,
son la diez y el mozo
me echa otra vez.
Creo que siempre esperaré,
mirando espacio, sin un corazon.
Sin embargo seguiré,
escuchando tus porque y razón.
Además algo gané,
que no me cobren más el cuarto café.

Gaston Pigliapochi
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sábado, 27 de marzo de 2010




Gaston Pigliapochi
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miércoles, 24 de marzo de 2010



Que no se te gaste la Memoria. Que por mucho que duela siga presente, que esta no permita que vuelvan los monstruos asesinos del pasado. Y no olvidemos a nuestros compañeros hijos, hermanos y padres desaparecidos por el genocidio de la última dictadura militar.

sábado, 13 de febrero de 2010

Paquita, La Parca, y el poeta: segundo encuentro

El poeta escribía en su cuarto, frío, descascarado y húmedo; a su lado, Paquita, La Parca, le apoyaba la mano en el hombro e intentaba consolarlo, pero Alberto Aranguren no dejaba de lagrimear melancólicamente: su corazón estaba roto: como tantas otras veces, había colocado su amor en el sitio equivocado. Y en esa reflexión literaria, le decía a Paquita:
—Llegué a la idea, querida amiga, que todos tenemos un por qué o un para qué estar acá, todos tenemos un objetivo; cuando lo cumplimos, llegas vos para llevarnos al otro patio, al otro lugar.
—Podría ser que tengas razón; yo no sé más que vos acerca de mi vida, de mi existencia y de mi labor— contestó Paquita, mientras se tomaba con sus falanges el mentón, o mejor dicho, donde alguna vez hubo un mentón.
—Pero los artistas, o al menos los poetas, cargamos con un problema: nuestros objetivos no son alcanzados nunca; por ejemplo, tengo la idea de que mi misión, por decirlo de alguna forma, es hacerles más liviano el camino a otras personas. Y cuando digo camino, digo, ese que hay que transitar después de algún dolor, una separación, una muerte o algún problema de una cierta gravedad sentimental.
—Es una buena misión, por lo que me decís, no le veo lo malo, no veo porque nunca lo logran— lo interrumpió con cierta curiosidad Tánatos.
—Dejame que siga explayándome en mi teoría. El problema es que nunca seremos parte de la vida de esa persona, solo somos una herramienta para que la depresión o la angustia no lo mate, y al cabo de un tiempo, cuando la mujer haya superado su trauma, verá que no somos lo que quiere o no puede amarnos como debería, entonces, sucede lo esperado: nos vemos envueltos en nuestra angustia y nuestro dolor, y ahí descargamos todo, en hojas con una tinta soluble en agua.
—Veo que dijiste mujer, ¿el motivo de tu melancolía es una mujer?
—Podría mentirte y decirte que no, que fue una confusión en mi lenguaje. Pero ¿de qué me serviría? Te darías cuenta. Sí, una mujer o tal vez la mujer como género en sí mismo. En cada desengaño amoroso hay un pedazo del alma que se pierde; en cada desencuentro con lo anhelado, el corazón cruje y se fisura. Mis amores son los perdidos, y no perdidos porque me han dejado, sino porque nunca se concretaron. Y en cada uno de esos, como ya te dije, los poetas sentimos que nos morimos, y no es solo un sentimiento, es real. De hecho, vos aparecés en cada uno de esos momentos, ¿cuántas veces nos vimos este año?
—¿Diez?

—Ah, fueron pocas está vez, pero esta puntualmente es la más dolorosa y duele más que las mujeres que me han abandonado. Por primera vez sentí que cuando logré su sonrisa la suerte me sonreía a mí, el universo se confabulaba para que en ese encuentro ambos sobrelleváramos la pena y el dolor.
—¿Y qué fue lo que ella dijo?
—No dijo nada, solo sonrió y bajó su cabeza cuando en la esquina de Arenales y Juncal le recité unas palabras: la había encontrado llorando en la plaza San Martín y se había limitado a decirme que la habían dejado; hacía ya más de un mes y no se reponía de la angustia. Así fue que caminamos un par de cuadras hasta que la enfrenté con las palabras. Luego me despedí, y al darme vuelta para encaminarme hacia Retiro, me dijo: «gracias, son las cosas más tiernas que me dijeron. Me llamo Soledad, te dejo mi número telefónico»; tomé el papel escrito y me fui con alegría en mi corazón.
—Pero ¿dónde está el desencuentro?
—Esperá, no seas ansiosa, es absurda una parca ansiosa. La llamé y nos vimos varias veces más. Una de las tardes, quedamos en vernos en el Café París, me había dicho por teléfono que tenía algo importante que decirme. No te das una idea de cómo palpitaba mi corazón, bueno no tenés idea de la palpitación de ninguno.

Lo interrumpió Paquita:
—No te confundas, siento el corazón cuando toco a mi cliente.
—Cuando llegué al café— retomó la charla Aranguren— me senté, me pedí un cortado y ella entró radiante por la puerta; se sentó y no me dio tiempo a decir nada, y me soltó que estaba de novia nuevamente, que había seguido mis consejos. Te imaginás que mi mundo desde ese momento se vino abajo, aunque ante ella fingí felicidad, y lo sigo haciendo en cada charla. Así es que me recluí en mis letras y en mí soledad, por eso es que sufrimos, aunque hagamos el bien, los poetas.
—Amigo mío, no es nada grave saldrás adelante, salí a tomarte unas grapas. No estás en mi lista aún, como en aquel entonces que nos vimos por primera vez en Barrancas de Belgrano, no pierdo más el tiempo y me voy a seguir buscando a los que esperan mi visita. Adiós Aranguren y nos vemos dentro de un par de meses.
Paquita se alejó y el poeta secó sus lágrimas. Continuó escribiendo hasta que a través de la ventada de su cuarto, en un banco de la parada del colectivo, vio a una joven llorisqueando.

Gaston Pigliapochi
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sábado, 30 de enero de 2010

La palabra



"Las palabras, no me creo lo que dicen.
Mis palabras son el centro del misterio.
Las palabras nos explican lo que nunca entenderemos.
Si fue cierto, fue mentira o si al fin fue todo un sueño"
Las Palabras - Fito Paez

Cuentan los viejos que en el mundo, o mejor dicho en el lenguaje, existe una palabra oculta que esconde todos los secretos del universo. Algunas civilizaciones antiguas creían que dicha palabra era el verdadero nombre de Dios; sin embargo, Mario Constantino, el canillita de la calle Yerbal, sostiene que esas letras no conforman un nombre o al menos no el de Dios, esto fue lo que intentó explicarle, debate filosófico mediante, al poeta Aranguren.
Mario había leído acerca del tema en un libro, de alguna colección de algún diario, cuando él era chico y su padre aun vivía. Pasaba todo el día en el kiosco, que partencia a su padre y su tío, de esta manera por aburrimiento o por interés (a veces es muy difícil distinguir la diferencia) leía todo lo que llegaba a sus manos. El libro en cuestión era de una literatura simple, que trataba sobre el hombre y explicaba que la solución a los problemas estaba en el interior del ser; realmente no era un texto que al pequeño Mario le gustara demasiado, pero se sintió atrapado y no pudo dejarlo hasta terminarlo de leer. Unos días después, de finalizada la lectura, le vino a la cabeza un párrafo que decía:

"Los secretos del hombre no lo hacen ni bueno ni malo,
estos solo condicionan su universo y lo limitan en lo
que se puede o no decir; de esta manera se encuentran
el hombre y su ser atrapados y pendientes de una palabra."

No le prestó importancia, hasta que por la tarde volvió a tomar el libro, marcó palabras en cada línea y formó:

"los secretos del universo, se encuentran en una palabra"

Se quedó pensando en esto y retomó la lectura de un clásico, “Hojas de hierbas” de Walt Whitman.

Los años pasaron y Mario investigó en diferentes textos en búsqueda de alguna información sobre esa palabra oculta que nombraba aquel libro, el cual siempre llevaba consigo. Prestó el ejemplar a diferentes personas y cada vez que le era devuelto arremetía con preguntas acerca de que le había parecido, a algunas de estas personas les parecía un libro intranscendente lleno de ideas trilladas y simplistas, a otras en cambio profundo y audaz; pero, ninguna decía nada respecto del párrafo que alguna vez Mario marcó con lápiz y luego borró. Esto lo llevo a pensar que no cualquiera podía captar el mensaje, se sintió un elegido.
Cuando comenzó a trabajar como canillita con su tío, luego de la muerte de su padre, se topó con otro libro que también tocaba el tema, a diferencia del primero este era una novela, de un autor colombiano y hablaba muy por encima de esa palabra secreta:

“…como aquella palabra mágica que esconde todas las respuestas a los misterios del universo y quiénes la conocen adquieren el conocimiento, al precio de dejar la vida terrenal…”

Mario sintió la necesidad de contactar al escritor, suponiendo que este tendría la información que él buscaba; investigando supo que vivía en Bogotá y se contactó con su agente, luego de varias comunicaciones vía locutorios, lo convenció para que le pasara la dirección de Carlos Tejada, autor de un par de novelas y algunos libros de poemas.
La primera de las cartas que envió fue de elogios hacia el escritor, sabía que primero debería ganar su confianza, las que siguieron no variaban mucho a la primera, la última trataba netamente sobre la novela “La tierra es tan lejana como el cielo” que era la que contenía el pasaje que a él le interesaba. Al cabo de varios remitente-destinatario y a pedido de Mario, Carlos le mandó una nota con un número telefónico, a la semana de recibirla el canillita llamó.

-Alo – dijo una voz con acento centroamericano al otro lado del tubo.
-Hola, ¿Carlos Tejada? – Preguntó
-Si, usted debe de ser Mario Constantino, me doy cuenta por su acento ¿Cómo anda?
-Muy bien, no me imaginaba su voz así.
-Es una sensación rara ¿vio?, imaginarse una voz y luego escucharla, es como cuando uno escucha su voz grabada por primera vez, siempre parece la de otra persona.
-Tiene razón. Espero no molestarlo y no ser inoportuno.
-Quédese tranquilo mi amigo; estaba tomando un descanso, luego de largas horas de escribir, sinceramente, le agradezco su llamado, es bueno hablar con alguien y salir un poco del trance en el que nos sumergimos los escritores.
-Bueno, yo le agradezco que me atienda ¿trabaja en un nuevo libro?
-Siempre estoy escribiendo, un poco por obsesión y otro por placer – la risa cómplice hizo que Mario también riera.
-Lo entiendo, a mí me sucede lo mismo pero desde el otro lado, desde la lectura.
-Pero le digo, no sé si será un nuevo libro o tal vez un borrador más, que…- una pausa se hizo en la voz de Carlos – ampliará la gran pared blanca de ladrillos de papel.
-Aunque no se publiquen no dejan de ser libros.
-Es muy interesante conversar con usted, pero si es o no un libro es discutible.

La charla telefónica prosiguió por algunos minutos más, hasta que Mario, por cuestiones económicas, se despidió y colgó.
Había ganado la confianza del escritor a través de varias llamadas telefónicas, era el momento de preguntar. Era un martes de lluvia, gris y fresco; poco movimiento de gente en las calles, poco trabajo en el kiosco.
Mario cerró el puesto y se dirigió al locutorio, saludó como de costumbre al encargado y agregó “hoy es el día”, el joven solo devolvió el saludo con la cabeza y le informó que la cabina dos estaba libre. Dejó el libro sobre la tabla que sostenía a un teléfono gris (o tal vez este sostenía a la tabla) y marcó el número internacional, lo invadía una ansiedad paralizadora. A cinco mil kilómetros levantó el tubo el colombiano con un tono alegre en la voz al escuchar a Mario (según palabras del mismo escritor). Durante media hora la charla fue un resumen del tiempo que habían pasado sin hablar; luego, Carlos le contó que estaba por publicar un nuevo libro, mientras intentaba contarle sobre el mismo, Mario juntó fuerzas y le hizo la pregunta:

- Discúlpeme, Carlos, que lo interrumpa, pero debo preguntarle algo. – sonaba un poco nervioso
- No hay problema amigo, dígame.
- Es algo que desde hace tiempo no me permite descansar tranquilo
- ¿Qué le pasa? ¿Qué es tan grave? – con preocupación en la voz pisó el escritor las palabras del canillita.
- Es respecto a su libro, el que me llevó a llamarlo por primera vez, más precisamente un pasaje del mismo.
- No entiendo de qué me está hablando
- Déjeme terminar. – Mario repitió la frase del libro y luego le leyó su lectura.
- Ahora recuerdo sí esa parte del libro, cuando el niño se encuentra en la calle con un viejo mendigo.
- Necesito saber si usted también encontró el mensaje en el libro “El hombre y el problema de ser”
- ¿De qué mensaje me habla?
- El mensaje oculto – y leyó el mensaje

"los secretos del universo, se encuentran en una palabra"

- Mmm, leí el libro, pero me pareció un libro poco interesante.
- Amigo mío, ¿la frase? La pudo descubrir y eso lo llevo a escribir el libro que yo leí suyo, por eso investigó sobre los misterios.
- Mire Mario, yo perdí mucho tiempo investigando, como usted dice, para ese libro y nunca pude llegar a nada, pasé más de la mitad de mi vida pensando en esa palabra, debido a que muchas veces me pregunté por cosas misteriosas que pasaban en el mundo.
- Pero entonces, solo se desahogo escribiendo el libro. O tal vez, ¿pensó que haciendo eso encontraría lo que buscaba? Y ocultó un mensaje para saber si no estaba loco, si alguien más lo encontraba era porque también tenía su interés.
- Está en lo cierto en todo, y veo que usted esta exactamente en el lugar que yo estaba, pero hágame caso no vale la pena que eso lo paralice. Siga adelante con su vida, no existe tal palabra.
- Estoy seguro que voy a encontrar esa palabra, no voy a parar ahora. – ya en un estado muy nervioso y con una voz temblorosa le dijo Mario.
- Usted está loco, haga lo que quiera, pero no me vuelva a llamar, yo ya le advertí. Siento que nuestra amistad se vea truncada por este suceso, pero yo no soy quien para prohibirle su búsqueda y tampoco quiero involucrarme en lo que le pase. Adiós querido amigo, cuidese. – Y Carlos cortó el teléfono.

Colgó el tubo y agacho la cabeza, así cabizbajo salió del locutorio dejando en el mostrador el dinero de la llamada y sin saludar. Se sentía defraudado por el escritor y por él mismo, llegó a su casa y se recostó vestido sobre la cama, mirando el techo tomó los dos libros y los releyó hasta quedarse dormido. Al día siguiente no abrió el quiosco, recorrió librerías y bibliotecas buscando más información sobre el tema. En la Biblioteca Nacional, mientras leía unos textos de Jorge Luis Borges sobre laberintos y espejos, se le acercó una joven y le preguntó si le gustaba “El Maestro Borges”, Mario levanto la vista y la vio, asintió con la cabeza porque no pudo decir palabra alguna ante la belleza de Maga, así se presentó, la invitó a tomar asiento y partiendo desde este autor argentino la charla fue circulando por todos los laberinto que este pudiese haber inventado.

- Así que Maga, ¿Cómo La Maga de Cortazar?
- Podría ser, o como una Maga que realiza misterios – le sonrió mientras sus labios finos y marcados dejaban salir las palabras.

En ese instante Mario bajó la cabeza mientras la ladeaba con una risa entre dientes y se repetía a sí mismo “es increíble, tan simple, como increíble”, la invitó a cenar, guardo los libros, tomó su morral y salieron a Agüero, una lluvia fría comenzó a caer. Ella sacó un pequeño paraguas y le dijo que se acercara para que no se mojase y el saco su saco y se lo puso sobre los hombros al descubierto de ella y automáticamente al caer las manos se entrecruzaron los dedos.

- ¿Qué sucede?- pregunto La Maga, su Maga.
- Nada, descubrí una palabra nueva e importante hoy
- ¿Sí? ¿cuál?
- Estuve años buscando una palabra secreta que al conocerla revelara los misterios del universo, y hoy me di cuenta que la palabra no es un nombre de Dios como algunos creen.
- ¿No?
- No, es un nombre de mujer y no es un nombre único, es decir es único para el que lo encuentra pero no hay un solo nombre sino que hay un solo nombre para un solo hombre. Y también es cierto lo que decía un amigo escritor en un libro uno paga el conocimiento con dejar la vida terrenal porque uno empieza a vivir más allá de esta tierra, este suelo, esta realidad tan rígida, vive conectado por algo no visible.
- No te entiendo nada de lo que decís – ella se reía a carcajadas.
- No hay nada que entender, hay que seguir camino que siempre se encuentra la palabra, la misma que hoy se cruzó conmigo y que hizo que el misterio de la lluvia repentina en la calle tenga una explicación.
- ¿Cuál?
- Primero mi búsqueda me llevó a la biblioteca no por casualidad, ahí apareciste porque yo había tomado unos libros de Borges, eso hizo que me hablaras. Luego con la lluvia; salimos y se largó, vos sacaste un paraguas, te agarró frió, yo te di mi saco y eso llevó a que nos tomemos las manos y nos besemos. – soltó la mano de Maga y se dio vuelta para mirarla.
- Pero si no nos besamos – cuando terminó de decir eso los labios de ella eran cuatro.

Llegaron a un restaurante, cenaron, bebieron algo y quedaron en verse en el puesto de diarios al día siguiente. Cuando el poeta Aranguren pasó por el quiosco Mario estaba felizmente sentado leyendo Rayuela, lo miró y le dijo “en este libro siempre estuvo la palabra, pero nunca lo hubiese visto sin pasar por todo lo que pase”, el poeta sonrió prendió un cigarrillo “siempre te dije que leas a Cortazar”.


Gaston Pigliapochi
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