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jueves, 25 de enero de 2018

Sir Paul

Estabamos en una mesa tomando un té, como no podía ser de otra forma (no hay peor cliché). Sir Paul hablaba en español con acento inglés, muy marcado; por un lado yo no tenía idea cómo habíamos llegado ahí; por el otro, la conversación parecía animada. Debo decirles que se pega la biaba, es mucho más canoso de lo que vemos por la televisión. La cosa venía bien, hasta que de atrás de unos papeles que estaban sobre la mesa (no se si estaban desde que aparecimos ahí o aparecieron luego) salió una cucaracha de esas rubias, flacas; atiné a levantar la mano para aplastarla y en ese momento Sir Paul gritó ¡Nou! y la arrastró con su palma hacia el piso, la cucaracha corrió rápidamente. Paul, se levantó de su silla, bebió de un sorbo el té que le quedaba en la taza y se alejó silbando una melodía; encendió un porro y con el mismo fuego prendió unas cortinas.
Me desperté tratando de recordar la melodía, fue imposible. Tampoco sabría que hacer con recordarla, cómo escribirla; Borges decía que Kafka le dictó un poema en un sueño, y no lo corregía en ninguna edición porque ese poema no le pertenecía. Lo cierto es que seguramente aquel veinte de enero Sir Paul Mc Cartney soñó que salvaba a una cucaracha y le entonaba una melodía a un extraño y muy probablemente en la mañana del día siguiente la haya escrito, quiero mi participación en la composición.
Gastón Pigliapochi.

lunes, 25 de febrero de 2013

El gran actor


Antonio Constantini, nacido en Italia y criado en Boedo, era un actor singular, solo se dedicaba al teatro, porque no creía en la cuasi perfección del cine: los errores en una obra eran parte de ella. Todo el que había visto una obra en la que él actuaba decía que su papel era el mejor, que su interpretación era magnánima; esto le valió muchos premios e incontables entrevistas, todavía quedan algunas fotografías en las que se lo ve actuando.

Estudió teatro desde chico, pero el problema era que no le convencía ningún método conocido, así que tomó el camino autodidacta, actuaba con amigos, se presentaba ante cualquier compañía que empezaba a gestarse; mezcló todos sus conocimientos y de todo eso creó un método personal. Con el paso del tiempo comenzó a experimentar más, hasta llegar a hacer más creíbles sus interpretaciones. Esto era simple: todo lo que pasara en el escenario debería ser real. Así fue como en una puesta de Frankenstein, interpretó el papel del doctor y pidió un cadáver a la morgue local, para realizar las operaciones; la gente aplaudió de pie y comentó lo perfecto de la sangre. En otra oportunidad, su personaje era un alcohólico abandonado que rompía un espejo con su puño, solicitó que el whisky no fuera té, por lo que  en mitad de la obra su actuación era realmente tremenda, la gente estaba en éxtasis, los vómitos en el piso mezclados con la sangre de sus nudillos daban como resultado unos olores desagradables, pero el público siempre pedía más. La última interpretación de un papel principal que se le conoce fue en una obra sobre la vida de Sócrates de Atenas. Se dejó crecer la barba y afeito su frente, a semejanza de una escultura del filósofo. La obra concentraba todo lo que los discípulos escribieron y dejaron ver acerca de su maestro, hasta el día de su juzgamiento y el acatamiento de este a la pena de muerte por envenenamiento por cicuta, la cual fue pedida específicamente por Antonio. Él sabía que también sería su despedida de las tablas, a los setenta y siete años de edad. Bebió del cuenco, que contenía una alta dosis de la planta y al cabo de  treinta minutos, mientras decía unas palabras al público desde su prisión y comentaba lo de «no dejar obra escrita, sino que cada uno debe desarrollar la suya», se inclinó de rodillas, miró hacia el cielo y comenzó a convulsionar, se retorció, mientras  una saliva oscura salía de su boca. Cayó el telón, y el público presente se puso de pie y comenzó a ovacionar, a gritar, a aplaudir, pero el telón nunca más se abrió.
Todos esperaban que los actores saludaran –ya lo había hecho antes en un obra en la que le disparaban y en la que él apareció con la herida sangrante, pero esta vez no ocurrió. Nadie más lo vio. Hay quienes creen que todo esto que se cuenta es falso y que era un actor más, que su retiro fue un truco muy bueno para crear un mito. Lo cierto es que Antonio Constantini hubo uno solo y nunca enseñó su arte, porque, al igual que Sócrates, creía en que cada uno desarrolle el suyo.





Gastón Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®

lunes, 5 de marzo de 2012

Carusita


Martes ocho de la noche, día lluvioso. Pasa por la farmacia, se acerca al teléfono, mirá a ambos lados, marca un número.

- Hola
- ¿qué hacés loco?
- Cómo andás...
- Nada de nombres. Escuchame.
- ¿Desde dónde me estas llamando? y ¿Por qué al celular?
- Desde un público, es la única manera de pasar desapercibido. Necesito un favor de tu parte.
- Decime, mientras no sea plata - suena burlona la frase.
- Boludo, es serio esto. Sabías que algún día iba a llegar. - Los nervios entrecortan las palabras, mezcla de angustia y serenidad.
- La puta madre. ¿En qué te metiste? - ahora ambos están nerviosos.
- Mirá, no hay mucho tiempo. Necesito que vayas mañana a la plaza a las diecinueve horas, y sabés bien como; no voy a darte más información, solo que cerca del mástil me pedís un cigarrillo. Lo más probable es que no nos veamos más, así que viene otro favor... - es interrumpido nuevamente
- Para pelotudo, de qué mierda me hablás, ¿tan grosso es el tema? Ya este favor es grande por lo que decís, que otro me podés pedir.
- Hacete cargo de Cata
- No, no. Pará... pará un poquito, no entiendo nada. - La voz se quiebra, un sollozo ahogado. Sabe que no hay vuelta atrás, que esa charla seguramente sea una las últimas que tenga con su amigo.
- Vas a entender a su tiempo, nos vemos mañana. Deni.
- ¿Qué? - el tono de la empresa telefónica le retumba en la cabeza.

Miércoles. Camina nervioso por el cuarto, ya dejó a la nena en lo de una compañerita, y le dijo a la madre que la va a pasar a buscar un tío, que la nena lo conoce, no hay problema. Prende un cigarrillo, ya perdió la cuenta del número. De qué mierda sirve esto de anotar los puchos para dejar, piensa. Mirá al reloj, siete menos veinticinco; el tiempo se hace de chicle, se frota la cabeza, se sienta en el sillón, se para, vuelve a caminar en círculos, se sirve una taza de café caliente, afuera el frío es intenso. Se decide y sale, agarra los puchos y el encendedor carusita.
La tarde es oscura a esta altura del año, llega a la punta de la plaza levemente iluminada por las luminarias que empiezan a prenderse. Toma la diagonal, directo a la bandera.
Unos metros antes de llegar se le acerca un linyera; con ropas sucias y rotas, barba, pelo largo, desaliñado; lo mira a los ojos.

- ¿Tiene un cigarrillo? - lo increpa
Mete la mano en el bolsillo de la campera y saca el paquete.
- Tomá - le extiende el paquete, con uno asomando - No levantés la perdiz - le susurra.
- Tiene fuego, maestro.
- Caminá conmigo, mientras te doy a Nerón.
Caminan en dirección a la otra punta que sale desde el mástil.
- Adentro hay un papel con una clave, le falta un número, solo vos sabés cuál es. Entrá a una carpeta que tengo en la computadora, es un disco fantasma, solo vas a entrar con el usuario, que también vos supondrás cuál es y esa clave. Saca toda la data e imprimila, guarda todo y llevaselo a Raúl, el sabe qué hacer.
- Pero, ¿por qué no vas vos?
- ¿Ves el tipo de allá? - señala con la mirada - Pará boludo, discreto. Bueno, me viene siguiendo desde hace días, la mina que está corriendo allá, corre en horarios cruzados; oh casualidad, en los que yo ando en la plaza. Y ni hablar de los dos canas. Estoy jodido, bueno loco, gracias por todo, no te abrazo porque sería sospechoso, además tenés un olor a perro muerto, sos bueno en esto no sé porqué no tenés más laburo en el teatro. - se ríe y se alejan.
-Ah pará, Cata está en la dirección que figura del otro lado de la clave. Chau.

Se separan. Llega a la esquina, se le acerca la mujer y lo choca. Los policías corren hasta él y el tipo de traje también. Lo agarran, le dicen algo, que el linyera no llega a oír desde donde está; lo ponen contra un árbol y le esposan las manos a la espalda, no se hacen problema porque haya más gente en el lugar, se lo llevan. Nunca más sabrá de él.

Llega a su casa, saca el carusita, lo abre, saca el pedazo de papel, mira la dirección, se pega una ducha y va en busca de la nena.

- Buenas, vengo a buscar a Catalina
- Ah, ¿usted es el tío?
- ¿El tío?
- Qué hacés tío, como andás - lo saluda, astuta la nena - ¿qué me trajiste?
- Un paragüitas - lo saca del bolsillo y se lo da.- Vamos que se está por largar a llover de nuevo.

Mientras caminan por la calle, piensa que mierda decirle a la hija de su amigo. Cómo encarar tema, mentirle no serviría de nada, solo para problemas. Van de la mano, la mira y le pregunta que quiere comer, que ella tiene que elegir. Pide pizza de fugazzeta, solo una diga hija del Tato podría pedir esa pizza, piensa mientras se le llenan de lagrimas los ojos.

Al día siguiente, antes de ir a la escuela le dice a Cata que se va a quedar con él un tiempo, ella lo abraza y le dice que está bien que el padre le había contado y la había preparado para esto; Por qué carajo no me preparó a mí, se dice para adentro. Mientras la pequeña está en la escuela, toma el papel nuevamente y mira la clave, son siete números, y dijo que faltaba uno. Los vuelve a mirar, la puta que te parió Tato, ahora tiene sentido el deni. Se va directo hasta la casa, da una vuelta manzana, no ve nada sospechoso, entra con el juego de llave que tenía la nena, la cerradura está forzada, adentro está todo revuelto, puertas rotas de cuartos y armarios. Sabe que es peligroso estar ahí, pero si ya estuvieron es raro que vuelvan, se consuela diciendo. Se va al patio, al cuarto de herramientas, corre la baldosa de la esquina, saca del fondo la notebook, se la lleva.
Pasa por la escuela retira a Catalina, comen unos panchos, decisión de la pequeña. Se sienta en el escritorio y abre la computadora, le pega un grito diciéndole que ponga lo que quiera en la tele. Entra al disco, abre el programa de disco fantasma, nombre y contraseña. Sin ninguna duda, escribe Cata y su número de documento de identidad. Ve mucha información que no llega a entender, fotos de ellos pescando, y de vacaciones junto a Verónica antes de que la chupen, hay datos para la adopción de nena, para la tutela, para que pueda tenerla sin ningún problema y datos de personas de las fuerzas, pesadas, papeles para juicios. Se limpia la gota de transpiración fría que le cae, hace copia de todo en dos unidades portátiles de información e imprime todo, hasta algunas fotos.
Deja pasar unos días, unos meses. No hay noticias de Tato y la nena no dice nada, se va a verlo a Raúl, le lleva todo. Hablan largas horas, de bueyes perdidos y de estos hijos de puta que ya iban a caer, que no iban a zafar. Lo consuela saber que lo de la adopción está todo bien, al menos a su amigo no lo defraudaría; todo el resto quedaría en manos de la justicia, cuando esta retornara, si eso era factible.


Gastón Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®


sábado, 16 de julio de 2011

Normal

Se puso su ropa y salió a la calle, era un día más como cualquier otro; primavera soleada. Fue en dirección a la estación del subte de la línea B; llegaría al banco un poco más tarde que de costumbre. El calor y la humedad que despide esa gran boca con escaleras como dientes, le hacen transpirar el cuello. Saca su tarjeta, la pasa por el molinete, desciende un poco más a los infiernos, se sienta y espera, cruzado de piernas, en el anden.
Al detenerse el coche rojo, pintado un poco con aerosol, él se levanta e ingresa, toma asiento en un pequeño lugar que hay entre dos personas de grandes cuerpos.
En estación Pueyrredón sube mucha gente, más que en otras ocasiones, se le paran enfrente una pareja, él casi tiene el miembro del hombre en su boca, se toca el cuello como buscan hacer lugar entre este y la camisa. Comienza un desfile de vendedores, uno detrás de otros. Se acomoda el pantalón del traje, tan alineado, tan marcado que hace juego con el saco entallado, fino, que es acorde con su barba refinadamente cortada, con su pelo corto y engominado, todo el aspecto de un tipo normal.
Compra un paquete de pastillas (nadie sabe si lo hace por gusto o lástima por el que vende) de mentol, compra pañuelos descartables; cinta métrica y la pelotita con luces de colores, llega el momento de las tijeras de marca mundial, los cuchillos chinos que cortan cualquier cosa, todo pasa, pasa de todo.
En el noticiero matutino, algunos testigos aseguran que la masacre comenzó alrededor de las 9 y 20 de la mañana, que nadie pudo hacer nada, que los ojos desorbitados del atacante eran demoníacos. El cuerpo o lo que quedaba de él estaba en partes en las vías, en un pedazo de tela azul con líneas celeste claro colgaba un plástico con una foto y un nombre junto a un coagulo espeso de sangre, se podía leer Jo... y un apellido que comenzaba Ma... debajo el titulo prestigioso de Gerente General.

Gastón Pigliapochi
Copyright © - Derechos Reservados. ®
.Joan Manuel Serrat "Si la muerte pisa mi huerto":



viernes, 20 de mayo de 2011

El ruso

¿Ves ese que está sentado ahí en el cordón de la vereda?; sí ese, el de camisa hippie con flores rojas y azules, es el Rusito, miralo que bonito parece con esos rulos, su barba y sus ojos azules, es como un querubín, sin embargo no es lo que aparenta.
El Ruso es un ser miserable, mezquino, no tiene amigos o mejor dicho solo tiene uno, pongamosle Perez para que nadie se sienta ofendido (tal vez los Perez). Se conocen de la niñez, de cuando el Ruso no era lo que es hoy, un despojo humano (lo llamaría yo), ser amigo de él es una cuestión compleja, la amistad tiene un solo sentido, o uno lo llama y va y está ahí o simplemente no se ven, no se retroalimenta.
A qué se dedica este ser (lo de humano dijimos que lo dejamos de lado), vende falopa. ¿Donde vive?, en un caserón de tejas, como en el tango. Ahora uno supondría que el tipo es un inepto, poco inteligente, todo lo contrario. Es sumamente inteligente, entonces ¿por qué vende drogas? él mismo respondería ¿por qué no?. El Rusito toma merca desde hace más de diez años, vendiendola encontró la forma de consumir buena calidad y cortar o rebajar lo que no toma y ganar unos mangos.
Ahora miralo bien, que cara de santo, algunos dicen que consume y es un sorete de persona porque tuvo una niñez chota, pero el tipo tuvo la mejor educación, mucha guita, eso si los padres mucha bola no le daban, se la pasaban de reunión en reunión de trabajo o simple sociales, acá algunos personajes dirían la plata no da la felicidad, o la culpa es de los padres, ¿ves?; yo les diría, que ese verso que el pobre está mejor porque no tiene plata o el rico porque la tiene, me tiene las bolas por el piso, al igual que la culpa es de los padres, ay Freud, si te hubieses dedicado a otra cosa, la culpa (si es que existe) es de uno mismo, ser un miserable es merito propio muchas veces. Perez conoce bien su historia, por eso lo banca, pero últimamente el Ruso se manda muchas cagadas.
Mira como mueve las piernas nerviosas, anduvo internado alguna vez por delirios místicos, en la clínica conseguía cualquier sustancia con menos dificultad que afuera.

- Che, Jesus se apareció y habló conmigo -le dijo por telefono a Perez, una tarde.
- Ruso, dejá de tomar haceme caso, mira tengo que presentar un trabajo mañana, no te puedo dar mucha bola - el tono cariñoso, no le bastaba al otro.
- Te juro, que no estoy drogado y que se apareció sentado en mi cama esta mañana.
- A ver y ¿qué carajo te dijo?
- Que lo que hacía no estaba mal, que me quedara tranquilo. Que mi idea era correcta, todos vivimos en pecado y luego nos limpiaremos en la otra vida.
- Necesitas ayuda negro, vamos a verlo al Doctor.

El doctor era el psiquiatra que lo trataba al ruso, cuando este se dejaba tratar. ¿Qué cual era la idea del Rusito? simple: se puede hacer cualquier pecado, total esta vida no es la real, el Dios, ese tan lindo Dios que tienen los hombres, concede la entrada a todo aquel que se arrepienta de todos esos pecados, entonces el tipo, el querubín de ojos azules, es una mierda de persona, xenofobico, homofobico, misogino. cada cosa tiene una explicación, o almenos los vecinos que son filosofos y psicologos sin matriculas tienen sus explicaciones:
Algunos dicen que odia a las mujeres, porque en realidad odia a su madre (Sigmund acá volvés de nuevo), otros dicen que es maricón y no lo asume por eso es homofobico y misogino; para la xenofobia es claramente social y cultural, se cree superior, dice que no consume paco, porque es una droga de pobres de villeros, su padre era un tipo de la derecha. Ahora como Perez lo aguantaba, es una intriga, según él es un buen pibe, que no encuentra su lugar, a veces ni él se lo creía esto último.
La máxima expresión de su locura, la del Rusito digo, fue la del 24 de Febrero, lo llamó muy nervioso a su amigo.

- Tengo uno atrapado en casa.
- Loco, son las dos de la mañana, ¿qué mierda pasa?
- Venián investigandome desde hace rato, me quieren llevar pero no pudieron.
Del otro lado del tubo, Perez se restregaba los ojos y se agarraba la cabeza.
- A ver, explicate bien y despacio que estoy medio dormido todavía.
- Vení para casa, no se que hacer.
- ¿Vos querés que vaya para tu casa a las dos de la matina?
- Por favor.

Perez cortó el teléfono y salió para su casa, lo notó muy enloquecido más que otras veces. Tres menos diez, se encontraba tocándole el timbre.
- Gracias por venir loco, es bueno poder contar con vos siempre - Le dijo mientras abría la puerta de rejas verdes del parque, temblaba como una hoja.
- Tranquilizate y contame qué pasa
- El año pasado también vinieron, siempre es para febrero. Los escucho todos los días en la vereda, murmuran, porque no hablan no les entiendo. Llegan el primero de febrero y el veinticuatro, como hoy es el último día que están. Yo se que me quieren llevar, no los pude contar nunca, porque siempre tuve miedo de salir, pero esta vez me cansé.
- ¿Cuánto tomaste?
- Tomé un poco no te voy a mentir, unos cuantos gramos, pero no estoy loco entrá.

Al entrar en la casa, Perez se dió cuenta que algo estaba muy mal, las ventanas estaban tapadas con maderas y del cuarto de pecados, asi llamaba el Ruso al cuarto donde guardaba la falopa, se escucho un ruido en la puerta del lado de adentro.

- Ruso ¿qué pasa? ¿qué es el ruido ese?
- Te dije boludo, que tengo a uno en el cuarto.
- Un qué
- Un marciano

El Ruso entreabre la puerta del cuarto, con un pie traba desde afuera para que no la pueda empujar desde adentro, mete un palo que tiene y lo sacude, le pega.
- Ay - escucha Perez asombrado, anonadado.
- Ay, nuele - se escucha gritar, con voz medio gangosa.
- Ruso pará, pará de pegarle.
- ¿Viste? te quiere confundir, habla mal
- Ruso la puta que te parió, abrí la puerta de ahí - el Ruso se niega, Perez lo empuja y abre la puerta.

Lo que había dentro demostró que el Rusito estaba loco. Un chico retrasado mental se atajaba por si venían más golpes, Perez lo calma, lo levanta.

-Ruso la reputa madre que te parió, este pibe no es un marciano , es un pibe con sindrome de down.
-Es un marciano, y no es el único.
- Traeme un algodón o un trapo y alcohol, mira como le dejaste la cabeza.
- ¿Cómo te llamas?
- Marcelito
- Marcelito, no sé como pedirte perdón.
- Está bien, no llores. - Y le muestra a Perez unos papeles con los nombres de los padres y en ellos encuentra un carnet de una colonia. Perez ahí entiende todo.
El ruso trae las cosas, y le dice no te confiés.
Se dan cuenta, el Ruso un ser horrendo, atacó a este pibe que lo único que dá es amor. Al relacionar las cosas, y explicarselas al Ruso, este entendió, que lo que pasaba era que hay una colonía para chicos especiales a dos cuadras de la casa, pero como él vive en una nuve de pedos y no se enteraba de nada, el lo que escuchaba era cuando los chicos pasaban por la puerta y por eso solo era en febrero.
Perez se encargo al día siguiente de llevar a Marcelo hasta su casa, los padres estaban preocupadísimos y supieron entender a Perez, pero igual iban a denunciar al Ruso. Esa misma tarde al ruso lo atropelló un colectivo, no hubo paraíso ni siquiera velorio, los miserables son miserables más allá de la plata, de las drogas y adicciones que se tengan y mueren y terminan como miserables.

Gastón Pigliapochi
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El loco de la calesita (Juan Carlos Baglietto);

jueves, 5 de mayo de 2011

Bares de Caseros II

Continuando con la idea de saga de textos sobre algunos bares que hay en Caseros (aquí está el primer texto: http://www.guantes-de-lana.com.ar/2007/09/bares-de-caseros-1.html) pongo la segunda historia.

Esto sucedió cuando nos reunimos con amigos a terminar de cerrar unas ideas sobre un proyecto que encaramos en el 2007 (aquí lo que quedó de eso: http://culturandoargentina.blogspot.com). Fuimos al Bar Odeón, cuando el bar era lo que era, hoy en día esta devenido a un bar con mas onda y tocan bandas, por aquel entonces era lo que quedaba del bar de barrio, con barra larga y mozos vestidos de mozos.
No recuerdo bien cuantos eramos, quien estaba y quien faltaba; pero lo importante es que pedimos medialunas y cafés, bah en realidad eso pedimos algunos, otros pidieron empanadas (creo), al mozo mucho no le gustó el juntar tres mesas, ahora que lo pienso: si juntó tres mesas es porque eramos al menos seis personas (es un buen numero para un truco con pica pica). Mientras charlábamos de que haría cada uno en el proyecto, quien se encargaba de la cartelería y quién de hablar con los artistas; alguno de los presentes comentó que iba al baño, una mujer fue, tuvo que ir a buscar la llave a la barra, sino me equivoco tenía una cadena la puerta del baño de damas, pero lo más extraño era el de caballeros.
Lo primero que uno de nosotros marcó fue que un tipo entró con un vaso de whisky, ¿a esa hora de la tarde? (tipo cuatro), pero señores lo raro era... al baño, el cartel en la puerta dice caballeros. Nos empezamos a mirar, los otros se cruzaban las vistas y yo los veía intrigados; pero el gordo y yo conocíamos el lugar, desde hacia muchos años. Luego entra un tipo con una bicicleta al bar, saluda al de la barra y encara directo a la puerta de caballeros, entra ¡con la bicicleta!, cierra la puerta y no sale, ni este ni el del whisky. Seguimos con la charla y la cara de todos era muy interesante, cuando terminábamos las medialunas, sale uno del baño de caballeros... Con un taco de pool en la mano, no pude contener más la tensión y las carcajadas de los otros por lo bajo, me llevó a confesarles: no es un baño como ya se habrán dado cuenta, es un garito, siempre lo fue, con mesa de pool, de billar (no se si todavía estaba) y con maquina de caballos. Me estas jodiendo dijo alguno y dije no, es la verdad; aunque el problema es si uno quiere ir al baño a que puerta debería acudir.
Recordé esta anécdota cuando pasaba por la esquina en diagonal al Bar, hoy pintado de rojo y con letras ploteada en la puerta de vidrio, ¿en qué se convirtió el garito? nunca me lo pude responder, nunca entré, y no creo que lo haga, prefiero quedarme con mi recuerdo de un garito escondido en un baño de caballeros (donde alguna vez me jugué algo, no se si dinero, el futuro o el amor).

Gastón Pigliapochi
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miércoles, 27 de abril de 2011

Sueño real.

- Nosotros tenemos la ventaja de soñar despiertos, eso no nos lo quita nadie, estamos donde queremos cuando queremos.
- Hay un problema en lo que dice, los que sueñan despiertos tienden a confundir los sueños con la realidad, esto a simple vista parece una ventaja, pero, cómo mezclar algo tan mágico y lindo como los sueños con algo tan desagradable y triste como la realidad.

Y la discusión se prolongó por la eternidad...

Gastón Pigliapochi
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viernes, 15 de abril de 2011

Oscuridad

Luego de una siesta primaveral, de la que un hilo de baba lo despertó, Juan se restregó los ojos y los abrió: todo estaba a oscuras, no había ni un pequeño haz de luz, se dirigió al interruptor lo apretó y nada. Tampoco había ruido alguno, apresurado y torpemente fue hacia el living en busca del telefono, cuando intentó llamar no había tono. En ese momento pensó en salir a la puerta pero no encontró las llaves manoteó el picaporte por si no había cerrado, y nada.
Tanteando el aire encontró la mesa, tanteando esta en los bordes llegó hasta una silla, se sentó y se puso a reflexionar, todo seguía en la calma absoluta. Supuso que las casualidades no existían y pensó lo peor que podía pensar; estaba muerto.
Muchas veces había pensado y escrito sobre el infierno, tiene dos ideas acerca del mismo. La primera apunta a un lugar lleno de gritos inhumanos, de hombres chillando como cerdos, ante las peores torturas y humillaciones, un infierno regenteado por un ser indescriptiblemente monstruoso, un lugar en el que hombres y mujeres sufren de los mismos dolores y donde estos son por la eternidad, no hay placer alguno posible. La otra idea es completamente inversa: un lugar que lo maneja un tipo lo más humano posible, delgado, bien vestido, de pelo corto y barba cuidada. Aquí no hay sufrimientos, sino que los placeres que más disfrutaron o quisieron disfrutar en vida los hombres y mujeres se hacen repetidos y eternos, haciendo que ya no sean placeres sino que sufrimientos, aquel que disfrutaba de orgías, se encuentra en una orgía interminable y solo desea que termine, cada infierno en este es particular.
Lejos de estas ideas, Juan desesperado busca un marcador que sabe estaba en la mesa, lo encuentra y comienza a escribir sobre la tabla, escribe lo que cree que es el infierno en ese momento. No hay dolor, ni sufrimiento, no hay placer eterno, no hay mandinga ni nada. Es solo él en esa oscuridad, solo. No hay peor infierno inimaginable que este, hablar con nadie, no ser escuchado por nadie, la soledad como única compañía y en lo cotidiano. En un lugar tan conocido y a la vez tan extraño, entre las sombras; sin poder ver nada, una ceguera en la nada, sin nadie y con completa consciencia. Sentado se tomó la cabeza y una lágrima recorrió su mejilla, y se reclinó.pasaron horas, tal vez días.
Su cabeza apoyada sobre la mesa y un brazo colgando, de esta manera lo encontró su hija, que al no poder comunicarse había llegado a ver si le pasaba algo y a preguntarle como sufrió la semana de corte de luz. La mujer se toma la boca y tapa sus ojos al ver la imagen, el cuerpo, la mesa escrita, el tubo del teléfono colgando y las llaves en el piso.



Gastón Pigliapochi
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domingo, 20 de febrero de 2011

Manual y reglamento para el descenso de transportes público (completo)


A Julio Cortazar.
El texto que a continuación transcribiré fue hallado en un libro, en una biblioteca que parecía irreal, cuyo tema central giraba en torno a los placeres lúdicos. Las páginas, manuscritas y anexadas de forma descuidada en la parte central de libro, tienen las marcas del paso del tiempo denotadas en sus contornos amarillentos.
Aquí paso al texto con algunas anotaciones personales:
“Pequeño manual y reglamento para el descenso en medios de transporte público en movimiento.”
En esta parte se encuentran aclaraciones hechas por alguien diferente al autor original, hay símbolos que hacen de llamadas y otro color de tinta y tipo de letra.
“de los elementos: primeramente es necesario contar con una persona con la voluntad de participar, vale esta aclaración puesto que ningún animal ajeno al hombre posee dicha voluntad. En el segundo lugar, y no menos importante que el anterior, se encuentra el medio para llevar adelante la proeza. En este punto solo diremos que no son válidos los vehículos con tracción a sangre (carros o semejantes tirados por caballos o cualquier otro animal), así como tampoco se podrá hacer en medios de puertas automáticas (ya que estas se abren en velocidad cero y en ese momento no hay movimiento alguno).En el tercer y último lugar se encuentra el sitio donde se realizará, aquí lo más importante es tener testigos que puedan afirmar que el participante indicó el lugar donde haría el descenso (ejemplo: participante le dice a su acompañante o testigo, me tiro en Uruguay y Paraguay ).”
A simple vista no hay grandes complicaciones para participar de dicho evento.
Reglamento:
1) Quien no de aviso del lugar donde descenderá quedará anulado de la competencia.
2) Quien descienda en velocidad cero, quedará sancionado, al sumar una tercera sanción será descalificado.
3) Se considerará vencedor a aquella persona que pueda demostrar que ha descendido de la mayor cantidad de vehículos o el que haya descendido a la mayor velocidad demostrable. “
En esta parte del manual se explica cómo se debe hacer para el descenso.
“manual: para realizar el descenso, el participante se deberá parar en el vehículo, pedir por la parada, acercarse de la forma más rápida a la puerta y en cuanto comience a abrirse dicha puerta ya podrá hacer el salto, es recomendable hacer el salto mirando en el sentido de la dirección del transporte. Levante el pie que considere con mayor fuerza para resistir el peso del cuerpo, brinque, al tocar el suelo recoja un poco las rodilla para amortiguar el golpe con el suelo.”
Desde aquí se desprenden agregados con otra tinta:
Es conocida la historia de Manuel Irigoyen, campeón nacional de descenso de transportes públicos (resumido de aquí en más como d. t. p.). Tenía un record de velocidad de descenso de 5 kilómetros por hora en el tren que une Retiro con San Pedro, nadie lo podía vencer, pero él quería dar lo máximo; así fue como en la primavera de 1948 se entrenó día a día para lograr el salto a una velocidad que a ningún otro participante se le hubiese ocurrido. Era normal verlo pasar sobre carros de madera (ideados por él) con ruedas también de madera o en ocasiones con rulemanes, buscaba las calles en bajada para tomar la máxima velocidad posible y cuando lo creía conveniente pegaba el salto, rodaba por la calle o la vereda y terminaba con moretones y rasguños. El viernes 17 de octubre decidió que era el día para la hazaña, busco a su mejor amigo para que fuese el testigo; tomaron el tren en Retiro, todo el viaje se la pasó mirando hacia afuera por la puerta y sentía vértigo al ver pasar los campos y tierra a gran velocidad. Corrieron al primer vagón, debido a que Manuel tenía la certeza que al entrar la máquina a la estación, los primeros coches todavía estarían en alta velocidad, y cuando llega el último ya la velocidad es casi nula. Así pasaron la tres horas de viaje, expectantes. Llegó el momento, se paró frente a la puerta, recogió un poco las rodillas y pegó el salto. La caída fue dura, la velocidad se estima en 10 kilómetros por hora, el amigo festejaba desde el vagón. Manuel pegó un grito al tocar el suelo, en el que se mezclo el dolor de una quebradura de tobillo y el saber que había quedado descalificado por no dar aviso del lugar de descenso, punto número uno en el reglamento.
Desde ese día Manuel nunca más volvió a viajar en un medio de transporte público, se sintió defraudado por él mismo, hasta su muerte en 1962, se tiró bajo el mismo tren que lo había visto saltar tan solo 24 años atrás.
Aquí aparece una línea de puntos, alguien agrega que el tipo estaba loco y que siempre intento suicidarse y que le había salido mal la primera vez.
Termina la línea de punto y otra historia es descripta, esta con tinta mucho mas nueva aparentemente.
El tano Cresentti sostenía que el record en d. t. p. lo tenía él, que por eso los colectivos habían comenzado a tener puertas automáticas y ya casi nadie participaba de la competencia en esos vehículos porque solo se abrían las puertas cuando el colectivo circulara a menos de 5 kilómetros, y por tal motivo el comenzó a competir en los taxis, el tipo viajaba siempre con un acompañante y le pegaba el grito, como para que también oyese el conductor, “¡Libertad y corrientes!” automáticamente abría la puerta y se tiraba al llegar a la bocacalle, así cada fin de semana, pocos amigos querían salir con él ya que siempre hacía lo mismo. Debido a que no tenía con quien viajar, el tano encontró una manera de realizar los saltos, como era necesario un testigo Cresentti se compró un taxi, vendó la fábrica de pastas heredada por su padre y compró el auto. De esta manera el loco Cresentti, como ya se lo conocía en el barrio, pensó en su hazaña y la llevó a cabo: yiraba, levantó un pasajero y cuando este le dijo hasta donde iba, él le gritó una esquina que iban a pasar en el camino y aceleró, al llegar a esa esquina abrió la puerta y se tiró, el auto iba a 50 kilómetros por hora, el loco murío en el acto cuando su cuerpo golpeó el pavimento, el auto se incrusto en un bar que estaba en la esquina, por suerte estaba cerrado, la pasajera no sufrío daños graves pero si un gran shock.
Aquí terminan los apuntes, en una página suelta, un texto que nadie firma sostiene que: por tales motivos la competencia de d. t. p. se dejó de practicar, hay quienes compiten de forma clandestina y murmuran los destinos de los saltos, pueden vérselos en algún colectivo parado cerca de la puerta y mirando todo el tiempo para saber cuánto tarda en abrir y cerrar, también se los ve en los trenes viajando en los estribos.
Cuando salí de la biblioteca, tomé el 110, luego de un rato de viaje grité “¡nazca y salvador maría del carril!, salté, creo tener un nuevo record 4 kilómetros por hora.

Gastón Pigliapochi
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martes, 7 de diciembre de 2010

El viaje o la ilusión (cuento)

El sol ardiente y perpendicular a la tierra rajaba el suelo, el pueblo había quedado atrás hacía varias lunas; cuánto recorrió, no tenía idea, cuánto faltaba menos.

Por su mente lo único que aparecía era la promesa a sus hermanos y a su madre, la misma promesa que, ya casi sin agua y con poca comida, lo mantenía vivo.

Martincito buscaba con los ojos desorbitados, en medio de la nada absoluta, un arroyo, un río o algún hilo que haya quedado de lluvia; para poder refrescarse los pies enllagados, la frente hirviendo y su sed que le partía los labios. Lamentablemente para él y su suerte en esta zona abunda la sequía en esta época del año. Hizo noche bajo un árbol, sacó de su morral una manta y alguna frazada, las diferencias de temperatura, entre la mañana y las horas de las lechuzas, es muy grande. Apoyó su espalda contra el tronco ancho y cruzó sus piernas, se tapo hasta la mitad del cuerpo, comió un poco de la carne seca que le quedaba y bebió las últimas gotas de agua.

Se recuesta boca arriba y seca las lágrimas que en su silencio envuelven el dolor corporal y su angustia; observa el cielo, no recuerda cuando fue la última vez que vio tantas estrellas, allá en el rancho no hay tiempo para mirar las luminarias de Dios. Los astros forman figuras y en ellas Martín reconoce a su madre y a los sátrapas de sus hermanos. Está sólo, no los grillos lo acompañan, en estos momentos es él, el árbol y su imaginación.

Sabe que no debe detenerse mucho tiempo, que con las primeras luces del alba deberá emprender camino nuevamente, pero eso no importa ahora, lo importante es descansar y tratar de vendarse las heridas producidas por las botas, untándose un poco del mejunje que le dio Doña María, el día que partió.

Las cosas en el campo no andaban bien, la cosecha estaba complicada, la muerte reciente de su padre lo había dejado a cargo de la casa, él con apenas 16 años debía trabajar desde que los gallos cantaban hasta que la luna reemplazaba al sol en su tarea de vigía, en el tiempo libre de cada día iba a la escuela que se levantaba improvisadamente a unos kilómetros de su casa a la cual también asistían sus hermanos menores, salvo Ana que tenia 5 años y se quedaba con su madre.

En la escuela leía las noticias de Buenos Aires y sus compañeros decían que la vida en la ciudad era más fácil, él soñaba con irse a estudiar para ser médico y así enfrentar a la muerte, de la que no pudo salvar a su padre.

Le contó su idea a su madre y a los hermanos, en un principio no fue aceptada, era una locura irse, hay que esperar todo se va a arreglar le decía su mamá, a los hermanos les parecía arriesgado, pero lo apoyaban.

- Quédese tranquila, no lo haría sino estuviese seguro de lograrlo – le acarició la mejilla y le secó una lágrima (tal vez la última que le quedaba desde la muerte de su marido).

- Está bien m´hijo , si usted cree que es lo mejor, hágalo, yo rezaré por que todo salga bien – le tomó la mano y la beso - Cuídese, por favor.

Pasaban los días y la idea le martillaba cada vez más la cabeza, esa mezcla de aventura con compromiso. Una tarde-noche no aguantó más, partiría a primera hora, llamó a sus hermanitos.

- Luisito, sos el más grande, vas a estar a cargo de todo en mi ausencia, te lo digo delante de todos para que tu palabra tenga mi aval, confío en vos, cuida a mamá y estos sátrapas (señalo a José y a Ana), no le des de comer demás a los chanchos y habla con doña Inés cualquier duda que tengas con la cosecha, no dejes de ir a la escuela. Les prometo que en cuanto esté ubicado en la capital los vengo a buscar, los quiero mucho – puso la mirada fría para no blandear, no podía perder el coraje.

- Andá tranquilo Martincito, todo va a estar bien. Que bueno la capital, dicen que la gente es feliz allá y que hay bailes, carnavales con disfraces y trabajo para el que llega.

- Sí, lo sé, lo mismo escuche, es la oportunidad de hacerlo.

Se despidió de todos y le dejo un beso en la frente a su madre Ana, quien dormía, cansada de una larga jornada. Tomó el morral, metió la frazada hecha por su abuela, un poco de carne seca, unos trapos y algunas mudas de ropa, se colocó el facón en la cintura, el mismo que había pertenecido a su padre Martín, y se puso las botas que este le enseño a hacer.

Las estrellas cambian de forma y ahora ve a su Buenos Aires, a la ciudad que él imagina, calles anchas, carros ostentosos, el puerto del que todos hablan a la orilla de un manto espeso y plateado, personas con ropas lujosas. Y se le cierran los ojos con esa imagen; se reconforta al saber que el fin de su travesía es tan importante para su familia y se olvida del dolor. Los grillos por fin le cantan como una nana que su madre le cantaba de chico, cuando le temía a la oscuridad y a mandinga que vendría a buscarlo si se portaba mal; que absurdo es todo, en estos instantes no sentía miedo a la nada que lo rodeaba, su madre velaba por él y lo cuidaba con su amor a la distancia.

El sol con un latigazo duro y cruel lo despertó, juntó sus cosas y emprendió nuevamente su calvario, su cruz pesaba menos, había descansado bien. Una duda lo abordo, la maldita duda si estaría yendo en dirección correcta, nadie a quien preguntar, solo restaba confiar en su sentido común, que lejos estaba de todo, que lejos estaba su infancia.

Halló agua en una laguna, formada por alguna lluvia; se quitó las botas, las vendas y remojo los jirones de piel que simulaban ser sus pies, lo primero que sintió fue dolor mucho dolor y ardor, pero luego la calma fue inmediata y tan grande que se quedó largas horas. Se sumergió, era necesario refrescarse, quitarse el polvo y la tierra de días y días. Cargó de ese líquido más valioso que todo el oro del mundo, no sabía cuando volvería a encontrar agua. Antes de continuar hizo un fuego, sacó su jarro y se preparo unos mates, ya casi no recordaba el sabor de la yerba, la vitalidad que le dio la bebida lo reanimó como para continuar; volvió a enfundarse con las botas y se cruzó la correa de cuero del bolso sobre el pecho, siguió el movimiento del sol, esa su única guía junto a las marcas verdes de los árboles producidas por el viento del sur.

El tiempo parecía eterno, las flores silvestres formaban un mar de colores en un atardecer rojo, como si fuese el último, perdía nuevamente las fuerzas y no le quedaba nada por comer ni beber; cayó de rodillas y tapó con ambas manos su cara, ocultando las lágrimas a la tierra, igualmente estas gotas de agua salada producían pequeños orificios en en la tierra suelta. Por primera vez sintió que no lo lograría y le costaba respirar, el fracaso era su peor enemigo. Las sombras negras de pájaros lo rodeaban en círculo y el calor lo derretía contra el suelo.

Vuelve a abrir los ojos y el pajarraco lo observa intimidándolo, le cuesta mantener la cabeza en alto. El alivio llegó, vio por detrás del ave, la entrada a Buenos Aires, sonríe, pasa un carro frente a él y una arcada con pastos tiernos se ilumina, ve una calle ancha que se pierde en un horizonte infinito, empinada y brillante.

El ave se posó sobre la espalda de Martincito y comenzó a desgarrar sus ropas, una mano con falanges expuestas al viento lo espantó; la muerte piadosa le acaricia la cabeza al hombre en cuerpo de niño y susurra.

-Cuándo aprenderán, que no se puede luchar contra lo inevitable – Se adentro en las sombras de los árboles y desapareció.

Martincito ingresó a la ciudad, donde su padre lo esperaba sentado en una mesa al costado del empedrado, con un mate en la mano, como si supiera que iba a venir.

El cadáver fue encontrado al día siguiente, a diez kilómetros de Buenos Aires, por dos personas del lugar. Le dieron sepultura y plantaron un árbol sobre los restos, que hoy quince años después tiene un tronco ancho y robusto.

En el campo las cosas mejoraron y Ana sigue trabajando con ayuda de sus hijos y se mantiene en pie gracias a la ilusión de que su hijo seguramente será médico y un día vendrá a buscarlos para irse todos a la ciudad.

Gastón Pigliapochi
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jueves, 25 de noviembre de 2010

Arlegui (cuento)

“…Así a veces, cuando cae la noche y pongo una hoja en blanco en el rodillo y enciendo un Gitane y me trato de estúpido, (¿para qué un cuento, al fin y al cabo, por qué no abrir un libro de otro cuentista , o escuchar uno de mis discos?)…”

Julio Cortazar, Deshoras, “Diario para un cuento”.

El viejo Arlegui era cartógrafo, más precisamente se había dedicado toda su vida a la topografía; vivía en la calle Curapaligüe –cerca de la estación Caseros del ferrocarril San Martín- junto a su mujer quien lo acompañaba desde hacía ya cincuenta años. Por esas cosas de la vida no tuvieron hijos; el tiempo que le demandaba el trabajo a él y la pasión que este le ponía no lo dejaban pensar en otra cosa. Ana, su mujer, era maestra de primaria y le gustaban mucho los niños, tenía una enorme paciencia y un gran amor en su pequeño cuerpo, para ellos. Ella aceptó el no tener chicos (esas cosas se aceptan pero no se perdonan, ese perdón personal hacia uno mismo), igual estaban los sobrinos y los alumnos que llenaban ese vacío.

Arlegui era un perfeccionista de su trabajo, él mismo participaba de los estudios de campo, yendo con los helicópteros y caminando las zonas, tomando medidas y fotografías; luego se sentaba con las fotos y los datos, comenzaba a trazar las líneas, no era amante de ninguna tecnología, amaba lo que hacía y en cada mapa dejaba una parte de si. Así como Goya pintó La Maja Desnuda, cada curva del topógrafo era una obra de arte. La tarea era lenta, tardaba días en terminar un mapa, días en los que su señora prácticamente no lo veía, él se encerraba en su escritorio y empezaba a dibujar sobre la mesa y pintaba las alturas las profundidades, la vegetación, lo desértico, latitudes longitudes; se imaginaba como un ser pequeñísimo que transitaba por esos caminos, decía que quien mirase el mapa debía experimentar lo mismo.

La paga era buena y además conocía lugares, lo único malo era que extrañaba a su mujer y se lo hacía saber a ella, entonces, la invitaba a cenar a los lugares más caros y Ana disfrutaba enormemente de eso, era un momento en el que conversaban y se contaban hazañas; ella tenía su rutina, le tomaba las manos, le decía que el callo del dedo medio estaba más duro, lo besaba, le daba para probar de su comida, le contaba de la niñita de trenzas que le preguntaba “¿por qué se enamora la gente?” y la dejaba sin respuestas, hasta que en esa unión de manos sobre un mantel fino entre platos y copas, entendía sin entenderlo, pero, como explicar eso a una nena; Arlegui la escuchaba y le sonreía casi sonrojadamente y le decía “hay misterios que es mejor no encontrarles respuestas y disfrutarlos” y luego le resumía en lo que estaba trabajando. Al día siguiente la monotonía volvía junto a los monosílabos y las frases cortas “buen día” “chau amor” “¿cenás hoy?” “sí” “no”.

Los años pasaban, en algunas ocasiones iban a vacacionar a las sierras de Cordoba, a la casa de un amigo de él que se había hartado de la ciudad y su velocidad y se fue a vivir con su mujer a Capilla Del Monte, esos días eran memorables, la pareja tenía un hijo “Ricardo”, era muy mimado por todos, le encantaba estar con Arlegui (el encanto era mutuo) ya que este lo trataba como adulto y no como un nene, le enseñaba a dibujar y a trazar pequeños mapas, le mostraba como encontrar el sur y como saber si iba a llover. Por las noches cenaban en el patio bajo las estrellas; las mujeres hablaban de los chicos, una por su experiencia como madre y la otra por su pedagogía y como madre de tantos hijos ajenos.

Los hombres fuman y hablan de sus trabajos, de escritores y de San Lorenzo, Ricardito comparte esa charla de machos y acota cada tanto “¿sabes que tengo novia?” (siempre lo trataba de vos a pedido del mismo Arlegui).- Mira vos este mocoso – Le decía a Adolfo (su amigo), mientras le frotaba enérgicamente la cabeza al niño.

- ¿Y cómo se llama, che?

- Mirta

- ¿Es compañera del colegio?

- Sí, pero ella no sabe que es mi novia – Se sonroja, Arlegui y Adolfo rompen en carcajadas.

Arlegui le decía a Adolfo que le impresionaba la tranquilidad del lugar, que se despertaban todos los sentidos, uno sentía que el cuerpo no pesaba, como si tan sólo fuesen almas, lo miraba al pequeño, quien estaba absorto, con una mirada extrañada y pensativa.

- Cerrá los ojos Ricardito – Le decía

- ¿Para qué? – Preguntaba desconfiado

- No te voy a hacer ninguna broma, vos cerralos – el niño los cierra.

- Ahora decime, ¿Qué sentís?

- Nada – Respondía impaciente.

- Presta atención, tranquilo ¿Qué olés? – Ricardo inhalaba profundamente por la nariz.

- Huelo a tierra mojada, como cuando mamá riega las plantas.

- ¿Qué más?

- A peperina, un poco a durazno.

- Bien, ¿Qué escuchás?

- Grillos, ranitas, ah, y el río

- ¿sentís algo en la cara o en la piel?

- Siento la brisa, como si me acariciara papá o mamá. ¿no me estas acariciando? ¿no pa?

- No – respondía Adolfo con ojos humedecidos.

- Ahora ¿Qué sabor te viene a la cabeza?

- Café con leche – Decía rapidamente Ricardito.

- ¿cómo te sentís?

- Contento – Y sonreia

- Bueno ahora cuando sientas algunas de estas cosas todas estas imágenes te van a venir a la cabeza siempre, y ,cuando estés triste, porque lo vas a estar algunas veces, sólo tenés que cerrar los ojos y pensar en estas cosas y se te va a ir la tristeza, vas a conectarte con tu alma.

- ¿Qué es el alma? – Le preguntaba ya con los ojos abiertos.

- Es muy difícil de explicar, ya vas a descubrirlo sólo, pero donde guardaste todo esto es parte de tu alma.

Conociendo al niño, Adolfo interrumpe la charla; le apoya la mano sobre el hombro a Ricardo y le susurra al oído.

- Andá, traete la botella de grappa – El niño sale corriendo por el caminito de piedras.

- Nunca voy a entender por qué no tuviste hijos, serías un gran padre.

- Posiblemente, aunque también es probable que con Ricardito me lleve bien porque no es hijo mío, ese chico es especial, no parece que tenga nueve años, es muy despierto. Que sé yo amigo, cosas de la vida.

- Viejo, venite a vivir acá, yo te puedo conseguir un lugar en la escuela para que des clases ya que te gusta tanto esta paz.

- ¿Yo dando clases? – rió Arlegui – No; además, esta paz como decís vos, me encanta porque me desenchufa del caos pero, si viviera acá no lo disfrutaría y me volvería loco, dejame, así estoy bien.

El niño apoya la botella y tres vasitos en el suelo.

- ¿Tres vasos trajiste?, si somos dos – el nene lo mira con cara de cordero degollado – no mirés así, sos muy chico para tomar esto.

- Dejalo, que se moje los labios aunque sea.

- Vos lo mal crías, está bien, solo un traguito.

La charla se prolongó hasta entrada la madrugada; Ricardito, colgado como un koala del cuello de Arlegui, dormía. La mujer de Adolfo y Ana se acercaron.

- Miralo a este, que pesado que es, damelo que lo llevo a acostar – le dijo la mujer de Adolfo mordiéndose el labio inferior y entrelazando y apretando las manos.

- No me molesta, para nada, dejalo.

Pasaron la noche de charla, recordando cosas de la niñez, aventuras olvidadas por uno o por otro y desconocidas por las mujeres. Acordaron ir por la mañana a montar a caballo para recorrer los cerros, se dieron las buenas noches y se fueron a dormir. Salieron temprano, estuvieron la mitad del día por las alturas y tomando mate bajo los árboles; cuando regresaron empaquetaron los objetos para volver a Buenos Aires, Arlegui se despidió por la noche de Adolfo, con un fuerte abrazo, sabiendo que no se verían por un largo tiempo.

Una vez en la capital lo cotidiano y rutinario volvía, el poco tiempo, los mapas, los días acompañados pero solitarios. Todo lo descansado quedaba atrás, el viejo trabajó uno años más en el centro de cartografía, hasta que este fue totalmente modernizado y prescindieron de la labor de Arlegui; le ofrecieron un puesto administrativo, no lo acepto. Su mujer le dijo que podían vivir con el sueldo de ella y con la jubilación de él, pero para este, no trabajar era como estar muerto.

Retorno a la escritura y el dibujo, pasó mas tiempo con Ana, se dio cuenta cuanto amaba a esa mujer y lamentaba el tiempo perdido. Se le ocurrió realizar un mapa topográfico de la ciudad con sus casas, árboles, calles y todos los detalles.

Comenzó a recorrer los barrios: Villa Urquiza, Devoto, Belgrano. Recolectaba información, medidas, fotografías y luego dibujaba; durante años se dedico a esto, modificando los mapas, pero Ana se enfermó, ya no podía acompañarlo en su peripecia, así que le hizo compañía, la cuido y le prometió ir a vivir a Córdoba, pero el destino juega injustamente muchas veces; Ana falleció ese mismo año, el viejo se compenetró mas en su mapa de la ciudad, pero no pudo seguir. Al volver a recorrer los barrios notó que donde había un chalet había ahora un edificio de siete pisos, que la arboleda de la calle Melián, en Belgrano, ya no estaba; que donde hubo adoquines ahora estaba cubierto por un asfalto negro, intento cambiar los mapas pero los cambios eran tan rápidos y grandes que no alcanzaba nunca a tener un mapa actual, hasta que una mañana se encontró en el patio, en su pequeña casa, sin sol, miró hacia arriba y se vio rodeado de edificios.

Con la muerte de Ana y su sentimiento de inutilidad se deprimió, pero tuvo una decisión muy inteligente (mucho más que la que yo hubiese tenido); cuando me lo encontré y me contó el resumen de su vida estábamos en la terminal de micros, yo iba hacia algún lugar buscando un norte, él iba a Cordoba a trabajar de maestro y a vivir allá, que es lo que Ana quería, escribió una novela homenajeando a su mujer.

Al subir al micro me dijo:

- Amigo, escriba esto, viaje, recorra, sueñe; pero sepa que eso que busca está en usted, siga el mapa que tenemos dentro, de recuerdos, vivencias y esperanzas y no deje que el trabajo lo aleje de lo que anhela y de lo que ama.

No me importó que el viejo no me reconociera, habían pasado veinteaños de la última vez que nos habiamos visto, aquella noche en la que tome grappa por primera vez; no le dije quien era ni que mi padre lo esperaba, simplemente me quede con su imagen con su recuerdo y con esa fuerza que siempre tuvo y con una frase que me dijo en medio de la charla y el café:

“No hay dudas que la naturaleza es mucho mas sabia que el hombre, porque pasan años para que las cosas se modifiquen y tengamos que modificar los mapas; en cambio el hombre es inconformista y por su desarrollo constante nada nunca es igual, es imposible hacer un mapa de las cosas que el hombre modifica a su placer."