Me desperté tratando de recordar la melodía, fue imposible. Tampoco sabría que hacer con recordarla, cómo escribirla; Borges decía que Kafka le dictó un poema en un sueño, y no lo corregía en ninguna edición porque ese poema no le pertenecía. Lo cierto es que seguramente aquel veinte de enero Sir Paul Mc Cartney soñó que salvaba a una cucaracha y le entonaba una melodía a un extraño y muy probablemente en la mañana del día siguiente la haya escrito, quiero mi participación en la composición.
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jueves, 25 de enero de 2018
Sir Paul
Me desperté tratando de recordar la melodía, fue imposible. Tampoco sabría que hacer con recordarla, cómo escribirla; Borges decía que Kafka le dictó un poema en un sueño, y no lo corregía en ninguna edición porque ese poema no le pertenecía. Lo cierto es que seguramente aquel veinte de enero Sir Paul Mc Cartney soñó que salvaba a una cucaracha y le entonaba una melodía a un extraño y muy probablemente en la mañana del día siguiente la haya escrito, quiero mi participación en la composición.
lunes, 25 de febrero de 2013
El gran actor
Todos esperaban que los actores saludaran –ya lo había hecho antes en un obra en la que le disparaban y en la que él apareció con la herida sangrante–, pero esta vez no ocurrió. Nadie más lo vio. Hay quienes creen que todo esto que se cuenta es falso y que era un actor más, que su retiro fue un truco muy bueno para crear un mito. Lo cierto es que Antonio Constantini hubo uno solo y nunca enseñó su arte, porque, al igual que Sócrates, creía en que cada uno desarrolle el suyo.
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lunes, 5 de marzo de 2012
Carusita
- Hola
- ¿qué hacés loco?
- Cómo andás...
- Nada de nombres. Escuchame.
- ¿Desde dónde me estas llamando? y ¿Por qué al celular?
- Desde un público, es la única manera de pasar desapercibido. Necesito un favor de tu parte.
- Decime, mientras no sea plata - suena burlona la frase.
- Boludo, es serio esto. Sabías que algún día iba a llegar. - Los nervios entrecortan las palabras, mezcla de angustia y serenidad.
- La puta madre. ¿En qué te metiste? - ahora ambos están nerviosos.
- Mirá, no hay mucho tiempo. Necesito que vayas mañana a la plaza a las diecinueve horas, y sabés bien como; no voy a darte más información, solo que cerca del mástil me pedís un cigarrillo. Lo más probable es que no nos veamos más, así que viene otro favor... - es interrumpido nuevamente
- Para pelotudo, de qué mierda me hablás, ¿tan grosso es el tema? Ya este favor es grande por lo que decís, que otro me podés pedir.
- Hacete cargo de Cata
- No, no. Pará... pará un poquito, no entiendo nada. - La voz se quiebra, un sollozo ahogado. Sabe que no hay vuelta atrás, que esa charla seguramente sea una las últimas que tenga con su amigo.
- Vas a entender a su tiempo, nos vemos mañana. Deni.
- ¿Qué? - el tono de la empresa telefónica le retumba en la cabeza.
Miércoles. Camina nervioso por el cuarto, ya dejó a la nena en lo de una compañerita, y le dijo a la madre que la va a pasar a buscar un tío, que la nena lo conoce, no hay problema. Prende un cigarrillo, ya perdió la cuenta del número. De qué mierda sirve esto de anotar los puchos para dejar, piensa. Mirá al reloj, siete menos veinticinco; el tiempo se hace de chicle, se frota la cabeza, se sienta en el sillón, se para, vuelve a caminar en círculos, se sirve una taza de café caliente, afuera el frío es intenso. Se decide y sale, agarra los puchos y el encendedor carusita.
La tarde es oscura a esta altura del año, llega a la punta de la plaza levemente iluminada por las luminarias que empiezan a prenderse. Toma la diagonal, directo a la bandera.
Unos metros antes de llegar se le acerca un linyera; con ropas sucias y rotas, barba, pelo largo, desaliñado; lo mira a los ojos.
- ¿Tiene un cigarrillo? - lo increpa
Mete la mano en el bolsillo de la campera y saca el paquete.
- Tomá - le extiende el paquete, con uno asomando - No levantés la perdiz - le susurra.
- Tiene fuego, maestro.
- Caminá conmigo, mientras te doy a Nerón.
Caminan en dirección a la otra punta que sale desde el mástil.
- Adentro hay un papel con una clave, le falta un número, solo vos sabés cuál es. Entrá a una carpeta que tengo en la computadora, es un disco fantasma, solo vas a entrar con el usuario, que también vos supondrás cuál es y esa clave. Saca toda la data e imprimila, guarda todo y llevaselo a Raúl, el sabe qué hacer.
- Pero, ¿por qué no vas vos?
- ¿Ves el tipo de allá? - señala con la mirada - Pará boludo, discreto. Bueno, me viene siguiendo desde hace días, la mina que está corriendo allá, corre en horarios cruzados; oh casualidad, en los que yo ando en la plaza. Y ni hablar de los dos canas. Estoy jodido, bueno loco, gracias por todo, no te abrazo porque sería sospechoso, además tenés un olor a perro muerto, sos bueno en esto no sé porqué no tenés más laburo en el teatro. - se ríe y se alejan.
-Ah pará, Cata está en la dirección que figura del otro lado de la clave. Chau.
Se separan. Llega a la esquina, se le acerca la mujer y lo choca. Los policías corren hasta él y el tipo de traje también. Lo agarran, le dicen algo, que el linyera no llega a oír desde donde está; lo ponen contra un árbol y le esposan las manos a la espalda, no se hacen problema porque haya más gente en el lugar, se lo llevan. Nunca más sabrá de él.
Llega a su casa, saca el carusita, lo abre, saca el pedazo de papel, mira la dirección, se pega una ducha y va en busca de la nena.
- Buenas, vengo a buscar a Catalina
- Ah, ¿usted es el tío?
- ¿El tío?
- Qué hacés tío, como andás - lo saluda, astuta la nena - ¿qué me trajiste?
- Un paragüitas - lo saca del bolsillo y se lo da.- Vamos que se está por largar a llover de nuevo.
Mientras caminan por la calle, piensa que mierda decirle a la hija de su amigo. Cómo encarar tema, mentirle no serviría de nada, solo para problemas. Van de la mano, la mira y le pregunta que quiere comer, que ella tiene que elegir. Pide pizza de fugazzeta, solo una diga hija del Tato podría pedir esa pizza, piensa mientras se le llenan de lagrimas los ojos.
Al día siguiente, antes de ir a la escuela le dice a Cata que se va a quedar con él un tiempo, ella lo abraza y le dice que está bien que el padre le había contado y la había preparado para esto; Por qué carajo no me preparó a mí, se dice para adentro. Mientras la pequeña está en la escuela, toma el papel nuevamente y mira la clave, son siete números, y dijo que faltaba uno. Los vuelve a mirar, la puta que te parió Tato, ahora tiene sentido el deni. Se va directo hasta la casa, da una vuelta manzana, no ve nada sospechoso, entra con el juego de llave que tenía la nena, la cerradura está forzada, adentro está todo revuelto, puertas rotas de cuartos y armarios. Sabe que es peligroso estar ahí, pero si ya estuvieron es raro que vuelvan, se consuela diciendo. Se va al patio, al cuarto de herramientas, corre la baldosa de la esquina, saca del fondo la notebook, se la lleva.
Pasa por la escuela retira a Catalina, comen unos panchos, decisión de la pequeña. Se sienta en el escritorio y abre la computadora, le pega un grito diciéndole que ponga lo que quiera en la tele. Entra al disco, abre el programa de disco fantasma, nombre y contraseña. Sin ninguna duda, escribe Cata y su número de documento de identidad. Ve mucha información que no llega a entender, fotos de ellos pescando, y de vacaciones junto a Verónica antes de que la chupen, hay datos para la adopción de nena, para la tutela, para que pueda tenerla sin ningún problema y datos de personas de las fuerzas, pesadas, papeles para juicios. Se limpia la gota de transpiración fría que le cae, hace copia de todo en dos unidades portátiles de información e imprime todo, hasta algunas fotos.
Deja pasar unos días, unos meses. No hay noticias de Tato y la nena no dice nada, se va a verlo a Raúl, le lleva todo. Hablan largas horas, de bueyes perdidos y de estos hijos de puta que ya iban a caer, que no iban a zafar. Lo consuela saber que lo de la adopción está todo bien, al menos a su amigo no lo defraudaría; todo el resto quedaría en manos de la justicia, cuando esta retornara, si eso era factible.
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sábado, 16 de julio de 2011
Normal
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viernes, 20 de mayo de 2011
El ruso
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jueves, 5 de mayo de 2011
Bares de Caseros II
Esto sucedió cuando nos reunimos con amigos a terminar de cerrar unas ideas sobre un proyecto que encaramos en el 2007 (aquí lo que quedó de eso: http://culturandoargentina.blogspot.com). Fuimos al Bar Odeón, cuando el bar era lo que era, hoy en día esta devenido a un bar con mas onda y tocan bandas, por aquel entonces era lo que quedaba del bar de barrio, con barra larga y mozos vestidos de mozos.
Gastón Pigliapochi
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miércoles, 27 de abril de 2011
Sueño real.
- Hay un problema en lo que dice, los que sueñan despiertos tienden a confundir los sueños con la realidad, esto a simple vista parece una ventaja, pero, cómo mezclar algo tan mágico y lindo como los sueños con algo tan desagradable y triste como la realidad.
Y la discusión se prolongó por la eternidad...
Gastón Pigliapochi
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viernes, 15 de abril de 2011
Oscuridad
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domingo, 20 de febrero de 2011
Manual y reglamento para el descenso de transportes público (completo)
A Julio Cortazar.
martes, 7 de diciembre de 2010
El viaje o la ilusión (cuento)
El sol ardiente y perpendicular a la tierra rajaba el suelo, el pueblo había quedado atrás hacía varias lunas; cuánto recorrió, no tenía idea, cuánto faltaba menos.
Por su mente lo único que aparecía era la promesa a sus hermanos y a su madre, la misma promesa que, ya casi sin agua y con poca comida, lo mantenía vivo.
Martincito buscaba con los ojos desorbitados, en medio de la nada absoluta, un arroyo, un río o algún hilo que haya quedado de lluvia; para poder refrescarse los pies enllagados, la frente hirviendo y su sed que le partía los labios. Lamentablemente para él y su suerte en esta zona abunda la sequía en esta época del año. Hizo noche bajo un árbol, sacó de su morral una manta y alguna frazada, las diferencias de temperatura, entre la mañana y las horas de las lechuzas, es muy grande. Apoyó su espalda contra el tronco ancho y cruzó sus piernas, se tapo hasta la mitad del cuerpo, comió un poco de la carne seca que le quedaba y bebió las últimas gotas de agua.
Se recuesta boca arriba y seca las lágrimas que en su silencio envuelven el dolor corporal y su angustia; observa el cielo, no recuerda cuando fue la última vez que vio tantas estrellas, allá en el rancho no hay tiempo para mirar las luminarias de Dios. Los astros forman figuras y en ellas Martín reconoce a su madre y a los sátrapas de sus hermanos. Está sólo, no los grillos lo acompañan, en estos momentos es él, el árbol y su imaginación.
Sabe que no debe detenerse mucho tiempo, que con las primeras luces del alba deberá emprender camino nuevamente, pero eso no importa ahora, lo importante es descansar y tratar de vendarse las heridas producidas por las botas, untándose un poco del mejunje que le dio Doña María, el día que partió.
Las cosas en el campo no andaban bien, la cosecha estaba complicada, la muerte reciente de su padre lo había dejado a cargo de la casa, él con apenas 16 años debía trabajar desde que los gallos cantaban hasta que la luna reemplazaba al sol en su tarea de vigía, en el tiempo libre de cada día iba a la escuela que se levantaba improvisadamente a unos kilómetros de su casa a la cual también asistían sus hermanos menores, salvo Ana que tenia 5 años y se quedaba con su madre.
En la escuela leía las noticias de Buenos Aires y sus compañeros decían que la vida en la ciudad era más fácil, él soñaba con irse a estudiar para ser médico y así enfrentar a la muerte, de la que no pudo salvar a su padre.
Le contó su idea a su madre y a los hermanos, en un principio no fue aceptada, era una locura irse, hay que esperar todo se va a arreglar le decía su mamá, a los hermanos les parecía arriesgado, pero lo apoyaban.
- Quédese tranquila, no lo haría sino estuviese seguro de lograrlo – le acarició la mejilla y le secó una lágrima (tal vez la última que le quedaba desde la muerte de su marido).
- Está bien m´hijo , si usted cree que es lo mejor, hágalo, yo rezaré por que todo salga bien – le tomó la mano y la beso - Cuídese, por favor.
Pasaban los días y la idea le martillaba cada vez más la cabeza, esa mezcla de aventura con compromiso. Una tarde-noche no aguantó más, partiría a primera hora, llamó a sus hermanitos.
- Luisito, sos el más grande, vas a estar a cargo de todo en mi ausencia, te lo digo delante de todos para que tu palabra tenga mi aval, confío en vos, cuida a mamá y estos sátrapas (señalo a José y a Ana), no le des de comer demás a los chanchos y habla con doña Inés cualquier duda que tengas con la cosecha, no dejes de ir a la escuela. Les prometo que en cuanto esté ubicado en la capital los vengo a buscar, los quiero mucho – puso la mirada fría para no blandear, no podía perder el coraje.
- Andá tranquilo Martincito, todo va a estar bien. Que bueno la capital, dicen que la gente es feliz allá y que hay bailes, carnavales con disfraces y trabajo para el que llega.
- Sí, lo sé, lo mismo escuche, es la oportunidad de hacerlo.
Se despidió de todos y le dejo un beso en la frente a su madre Ana, quien dormía, cansada de una larga jornada. Tomó el morral, metió la frazada hecha por su abuela, un poco de carne seca, unos trapos y algunas mudas de ropa, se colocó el facón en la cintura, el mismo que había pertenecido a su padre Martín, y se puso las botas que este le enseño a hacer.
Las estrellas cambian de forma y ahora ve a su Buenos Aires, a la ciudad que él imagina, calles anchas, carros ostentosos, el puerto del que todos hablan a la orilla de un manto espeso y plateado, personas con ropas lujosas. Y se le cierran los ojos con esa imagen; se reconforta al saber que el fin de su travesía es tan importante para su familia y se olvida del dolor. Los grillos por fin le cantan como una nana que su madre le cantaba de chico, cuando le temía a la oscuridad y a mandinga que vendría a buscarlo si se portaba mal; que absurdo es todo, en estos instantes no sentía miedo a la nada que lo rodeaba, su madre velaba por él y lo cuidaba con su amor a la distancia.
El sol con un latigazo duro y cruel lo despertó, juntó sus cosas y emprendió nuevamente su calvario, su cruz pesaba menos, había descansado bien. Una duda lo abordo, la maldita duda si estaría yendo en dirección correcta, nadie a quien preguntar, solo restaba confiar en su sentido común, que lejos estaba de todo, que lejos estaba su infancia.
Halló agua en una laguna, formada por alguna lluvia; se quitó las botas, las vendas y remojo los jirones de piel que simulaban ser sus pies, lo primero que sintió fue dolor mucho dolor y ardor, pero luego la calma fue inmediata y tan grande que se quedó largas horas. Se sumergió, era necesario refrescarse, quitarse el polvo y la tierra de días y días. Cargó de ese líquido más valioso que todo el oro del mundo, no sabía cuando volvería a encontrar agua. Antes de continuar hizo un fuego, sacó su jarro y se preparo unos mates, ya casi no recordaba el sabor de la yerba, la vitalidad que le dio la bebida lo reanimó como para continuar; volvió a enfundarse con las botas y se cruzó la correa de cuero del bolso sobre el pecho, siguió el movimiento del sol, esa su única guía junto a las marcas verdes de los árboles producidas por el viento del sur.
El tiempo parecía eterno, las flores silvestres formaban un mar de colores en un atardecer rojo, como si fuese el último, perdía nuevamente las fuerzas y no le quedaba nada por comer ni beber; cayó de rodillas y tapó con ambas manos su cara, ocultando las lágrimas a la tierra, igualmente estas gotas de agua salada producían pequeños orificios en en la tierra suelta. Por primera vez sintió que no lo lograría y le costaba respirar, el fracaso era su peor enemigo. Las sombras negras de pájaros lo rodeaban en círculo y el calor lo derretía contra el suelo.
Vuelve a abrir los ojos y el pajarraco lo observa intimidándolo, le cuesta mantener la cabeza en alto. El alivio llegó, vio por detrás del ave, la entrada a Buenos Aires, sonríe, pasa un carro frente a él y una arcada con pastos tiernos se ilumina, ve una calle ancha que se pierde en un horizonte infinito, empinada y brillante.
El ave se posó sobre la espalda de Martincito y comenzó a desgarrar sus ropas, una mano con falanges expuestas al viento lo espantó; la muerte piadosa le acaricia la cabeza al hombre en cuerpo de niño y susurra.
-Cuándo aprenderán, que no se puede luchar contra lo inevitable – Se adentro en las sombras de los árboles y desapareció.
Martincito ingresó a la ciudad, donde su padre lo esperaba sentado en una mesa al costado del empedrado, con un mate en la mano, como si supiera que iba a venir.
El cadáver fue encontrado al día siguiente, a diez kilómetros de Buenos Aires, por dos personas del lugar. Le dieron sepultura y plantaron un árbol sobre los restos, que hoy quince años después tiene un tronco ancho y robusto.
En el campo las cosas mejoraron y Ana sigue trabajando con ayuda de sus hijos y se mantiene en pie gracias a la ilusión de que su hijo seguramente será médico y un día vendrá a buscarlos para irse todos a la ciudad.
Gastón Pigliapochi
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jueves, 25 de noviembre de 2010
Arlegui (cuento)
“…Así a veces, cuando cae la noche y pongo una hoja en blanco en el rodillo y enciendo un Gitane y me trato de estúpido, (¿para qué un cuento, al fin y al cabo, por qué no abrir un libro de otro cuentista , o escuchar uno de mis discos?)…”
Julio Cortazar, Deshoras, “Diario para un cuento”.
El viejo Arlegui era cartógrafo, más precisamente se había dedicado toda su vida a la topografía; vivía en la calle Curapaligüe –cerca de la estación Caseros del ferrocarril San Martín- junto a su mujer quien lo acompañaba desde hacía ya cincuenta años. Por esas cosas de la vida no tuvieron hijos; el tiempo que le demandaba el trabajo a él y la pasión que este le ponía no lo dejaban pensar en otra cosa. Ana, su mujer, era maestra de primaria y le gustaban mucho los niños, tenía una enorme paciencia y un gran amor en su pequeño cuerpo, para ellos. Ella aceptó el no tener chicos (esas cosas se aceptan pero no se perdonan, ese perdón personal hacia uno mismo), igual estaban los sobrinos y los alumnos que llenaban ese vacío.
Arlegui era un perfeccionista de su trabajo, él mismo participaba de los estudios de campo, yendo con los helicópteros y caminando las zonas, tomando medidas y fotografías; luego se sentaba con las fotos y los datos, comenzaba a trazar las líneas, no era amante de ninguna tecnología, amaba lo que hacía y en cada mapa dejaba una parte de si. Así como Goya pintó La Maja Desnuda, cada curva del topógrafo era una obra de arte. La tarea era lenta, tardaba días en terminar un mapa, días en los que su señora prácticamente no lo veía, él se encerraba en su escritorio y empezaba a dibujar sobre la mesa y pintaba las alturas las profundidades, la vegetación, lo desértico, latitudes longitudes; se imaginaba como un ser pequeñísimo que transitaba por esos caminos, decía que quien mirase el mapa debía experimentar lo mismo.
La paga era buena y además conocía lugares, lo único malo era que extrañaba a su mujer y se lo hacía saber a ella, entonces, la invitaba a cenar a los lugares más caros y Ana disfrutaba enormemente de eso, era un momento en el que conversaban y se contaban hazañas; ella tenía su rutina, le tomaba las manos, le decía que el callo del dedo medio estaba más duro, lo besaba, le daba para probar de su comida, le contaba de la niñita de trenzas que le preguntaba “¿por qué se enamora la gente?” y la dejaba sin respuestas, hasta que en esa unión de manos sobre un mantel fino entre platos y copas, entendía sin entenderlo, pero, como explicar eso a una nena; Arlegui la escuchaba y le sonreía casi sonrojadamente y le decía “hay misterios que es mejor no encontrarles respuestas y disfrutarlos” y luego le resumía en lo que estaba trabajando. Al día siguiente la monotonía volvía junto a los monosílabos y las frases cortas “buen día” “chau amor” “¿cenás hoy?” “sí” “no”.
Los años pasaban, en algunas ocasiones iban a vacacionar a las sierras de Cordoba, a la casa de un amigo de él que se había hartado de la ciudad y su velocidad y se fue a vivir con su mujer a Capilla Del Monte, esos días eran memorables, la pareja tenía un hijo “Ricardo”, era muy mimado por todos, le encantaba estar con Arlegui (el encanto era mutuo) ya que este lo trataba como adulto y no como un nene, le enseñaba a dibujar y a trazar pequeños mapas, le mostraba como encontrar el sur y como saber si iba a llover. Por las noches cenaban en el patio bajo las estrellas; las mujeres hablaban de los chicos, una por su experiencia como madre y la otra por su pedagogía y como madre de tantos hijos ajenos.
Los hombres fuman y hablan de sus trabajos, de escritores y de San Lorenzo, Ricardito comparte esa charla de machos y acota cada tanto “¿sabes que tengo novia?” (siempre lo trataba de vos a pedido del mismo Arlegui).- Mira vos este mocoso – Le decía a Adolfo (su amigo), mientras le frotaba enérgicamente la cabeza al niño.
- ¿Y cómo se llama, che?
- Mirta
- ¿Es compañera del colegio?
- Sí, pero ella no sabe que es mi novia – Se sonroja, Arlegui y Adolfo rompen en carcajadas.
Arlegui le decía a Adolfo que le impresionaba la tranquilidad del lugar, que se despertaban todos los sentidos, uno sentía que el cuerpo no pesaba, como si tan sólo fuesen almas, lo miraba al pequeño, quien estaba absorto, con una mirada extrañada y pensativa.
- Cerrá los ojos Ricardito – Le decía
- ¿Para qué? – Preguntaba desconfiado
- No te voy a hacer ninguna broma, vos cerralos – el niño los cierra.
- Ahora decime, ¿Qué sentís?
- Nada – Respondía impaciente.
- Presta atención, tranquilo ¿Qué olés? – Ricardo inhalaba profundamente por la nariz.
- Huelo a tierra mojada, como cuando mamá riega las plantas.
- ¿Qué más?
- A peperina, un poco a durazno.
- Bien, ¿Qué escuchás?
- Grillos, ranitas, ah, y el río
- ¿sentís algo en la cara o en la piel?
- Siento la brisa, como si me acariciara papá o mamá. ¿no me estas acariciando? ¿no pa?
- No – respondía Adolfo con ojos humedecidos.
- Ahora ¿Qué sabor te viene a la cabeza?
- Café con leche – Decía rapidamente Ricardito.
- ¿cómo te sentís?
- Contento – Y sonreia
- Bueno ahora cuando sientas algunas de estas cosas todas estas imágenes te van a venir a la cabeza siempre, y ,cuando estés triste, porque lo vas a estar algunas veces, sólo tenés que cerrar los ojos y pensar en estas cosas y se te va a ir la tristeza, vas a conectarte con tu alma.
- ¿Qué es el alma? – Le preguntaba ya con los ojos abiertos.
- Es muy difícil de explicar, ya vas a descubrirlo sólo, pero donde guardaste todo esto es parte de tu alma.
Conociendo al niño, Adolfo interrumpe la charla; le apoya la mano sobre el hombro a Ricardo y le susurra al oído.
- Andá, traete la botella de grappa – El niño sale corriendo por el caminito de piedras.
- Nunca voy a entender por qué no tuviste hijos, serías un gran padre.
- Posiblemente, aunque también es probable que con Ricardito me lleve bien porque no es hijo mío, ese chico es especial, no parece que tenga nueve años, es muy despierto. Que sé yo amigo, cosas de la vida.
- Viejo, venite a vivir acá, yo te puedo conseguir un lugar en la escuela para que des clases ya que te gusta tanto esta paz.
- ¿Yo dando clases? – rió Arlegui – No; además, esta paz como decís vos, me encanta porque me desenchufa del caos pero, si viviera acá no lo disfrutaría y me volvería loco, dejame, así estoy bien.
El niño apoya la botella y tres vasitos en el suelo.
- ¿Tres vasos trajiste?, si somos dos – el nene lo mira con cara de cordero degollado – no mirés así, sos muy chico para tomar esto.
- Dejalo, que se moje los labios aunque sea.
- Vos lo mal crías, está bien, solo un traguito.
La charla se prolongó hasta entrada la madrugada; Ricardito, colgado como un koala del cuello de Arlegui, dormía. La mujer de Adolfo y Ana se acercaron.
- Miralo a este, que pesado que es, damelo que lo llevo a acostar – le dijo la mujer de Adolfo mordiéndose el labio inferior y entrelazando y apretando las manos.
- No me molesta, para nada, dejalo.
Pasaron la noche de charla, recordando cosas de la niñez, aventuras olvidadas por uno o por otro y desconocidas por las mujeres. Acordaron ir por la mañana a montar a caballo para recorrer los cerros, se dieron las buenas noches y se fueron a dormir. Salieron temprano, estuvieron la mitad del día por las alturas y tomando mate bajo los árboles; cuando regresaron empaquetaron los objetos para volver a Buenos Aires, Arlegui se despidió por la noche de Adolfo, con un fuerte abrazo, sabiendo que no se verían por un largo tiempo.
Una vez en la capital lo cotidiano y rutinario volvía, el poco tiempo, los mapas, los días acompañados pero solitarios. Todo lo descansado quedaba atrás, el viejo trabajó uno años más en el centro de cartografía, hasta que este fue totalmente modernizado y prescindieron de la labor de Arlegui; le ofrecieron un puesto administrativo, no lo acepto. Su mujer le dijo que podían vivir con el sueldo de ella y con la jubilación de él, pero para este, no trabajar era como estar muerto.
Retorno a la escritura y el dibujo, pasó mas tiempo con Ana, se dio cuenta cuanto amaba a esa mujer y lamentaba el tiempo perdido. Se le ocurrió realizar un mapa topográfico de la ciudad con sus casas, árboles, calles y todos los detalles.
Comenzó a recorrer los barrios: Villa Urquiza, Devoto, Belgrano. Recolectaba información, medidas, fotografías y luego dibujaba; durante años se dedico a esto, modificando los mapas, pero Ana se enfermó, ya no podía acompañarlo en su peripecia, así que le hizo compañía, la cuido y le prometió ir a vivir a Córdoba, pero el destino juega injustamente muchas veces; Ana falleció ese mismo año, el viejo se compenetró mas en su mapa de la ciudad, pero no pudo seguir. Al volver a recorrer los barrios notó que donde había un chalet había ahora un edificio de siete pisos, que la arboleda de la calle Melián, en Belgrano, ya no estaba; que donde hubo adoquines ahora estaba cubierto por un asfalto negro, intento cambiar los mapas pero los cambios eran tan rápidos y grandes que no alcanzaba nunca a tener un mapa actual, hasta que una mañana se encontró en el patio, en su pequeña casa, sin sol, miró hacia arriba y se vio rodeado de edificios.
Con la muerte de Ana y su sentimiento de inutilidad se deprimió, pero tuvo una decisión muy inteligente (mucho más que la que yo hubiese tenido); cuando me lo encontré y me contó el resumen de su vida estábamos en la terminal de micros, yo iba hacia algún lugar buscando un norte, él iba a Cordoba a trabajar de maestro y a vivir allá, que es lo que Ana quería, escribió una novela homenajeando a su mujer.
Al subir al micro me dijo:
- Amigo, escriba esto, viaje, recorra, sueñe; pero sepa que eso que busca está en usted, siga el mapa que tenemos dentro, de recuerdos, vivencias y esperanzas y no deje que el trabajo lo aleje de lo que anhela y de lo que ama.
No me importó que el viejo no me reconociera, habían pasado veinteaños de la última vez que nos habiamos visto, aquella noche en la que tome grappa por primera vez; no le dije quien era ni que mi padre lo esperaba, simplemente me quede con su imagen con su recuerdo y con esa fuerza que siempre tuvo y con una frase que me dijo en medio de la charla y el café:
“No hay dudas que la naturaleza es mucho mas sabia que el hombre, porque pasan años para que las cosas se modifiquen y tengamos que modificar los mapas; en cambio el hombre es inconformista y por su desarrollo constante nada nunca es igual, es imposible hacer un mapa de las cosas que el hombre modifica a su placer."